Homecomming - Garin y Naharwyn

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Homecomming - Garin y Naharwyn

Mensaje por ::Nono:: el Dom Jul 31, 2016 8:43 pm

UNA NOCHE DE BIENVENIDA Y UNA BIENVENIDA DE NOCHE



Tal y como le había dicho, Garin se presentó en su casa a las siete. No esperaba que fuera puntual y por eso se encontraba a medio preparar cuando escuchó el timbre de la puerta.
- ¡Dekmir! - llamó. - ¿Puedes abrir?
No le hacía ninguna gracia pedirle a su hermano que le abriera la puerta a su cita del instituto, pero tampoco era cuestión de bajar en bragas a abrirle la puerta a Garin. Aunque, pensándolo bien, ya la había visto en bragas el otro día en la playa, pero la situación era diferente. Escuchó a su hermano caminar despacio por el pasillo, la puerta de la calle abrirse y luego la voz de Garin.
- Esto..., hola. - Sonaba sorprendido, y la verdad que era normal. Seguramente se esperaba que fuera la propia Naharwyn quien le abriera la puerta, teniendo en cuenta que no se llevaba nada bien con su hermano.
- Naharwyn se está terminando de preparar - respondió Dekmir con voz neutra. - Puedes pasar al salón a esperarla.
Naharwyn escuchó pisadas suaves por el parqué, y se preguntó si quizás, sólo quizás, Garin se había desecho de sus botas, cuyas pisadas sonaban como las de un dinosaurio, y había optado por mocasines, lo que a su vez le hizo preguntarse si habría alquilado un esmoquin o iría en vaqueros y camisa. Empezó a ponerse nerviosa. Lo cierto es que no habían hablado nada de la ropa. El código de etiqueta del baile de bienvenida del instituto era que las chicas debían ir con vestido y los chicos de traje, pero el año pasado, Marisa y ella no habían aparecido en chándal de milagro. Pantalones vaqueros cortos y camisetas de tirantes, y el único atisbo de elegancia habían sido los pendientes que ambas se habían regalado las anteriores navidades.
Se miró en el espejo. Se había alisado el pelo y había seguido un video tutorial de maquillaje en youtube con pésimos resultados, asique finalmente solo se había aplicado un poco de colorete, raya de ojos y rímel. Le hubiera gustado poder darse el eye liner tan bien cómo la chica asiática del video y haberle dado a sus ojos un aspecto más almendrado, pero su pulso era más malo que el atún caducado. El vestido colgaba en una percha del espejo de pie de su cuarto, y la chica se lo quedo mirando con los brazos cruzados y la boca en un mohín pensativo. Marisa y ella se habían ido de compras esa semana a comprarse vestidos y zapatos bonitos. Aunque a las dos les daba vergüenza admitirlo, sí que estaban emocionadas por el homecomming. Las dos tenían pareja y era una excusa para poder vestirse como princesas. Pero, llegada la hora de la verdad, le daba un poco de miedo. Acrecentado en parte porque no sabía qué aspecto traía su príncipe.
Miró el reloj de la mesilla. Garin ya llevaba diez minutos esperando solo en el salón y no quería tenerle allí mucho tiempo, así que hizo de tripas corazón y se puso el vestido y los zapatos de tacón. Un día era un día. Y si a Garin no le gustaba su aspecto, siempre podía mandarlo a la mierda y quedarse en casa comiendo sushi.
Conforme avanzaba por el pasillo, iba rogando no sabía muy bien a quién por no caerse, pues a cada paso que daba, el pie le temblaba como un flan recién sacado de la tarrina. En su momento, comprarse unas sandalias con tacón de aguja de siete centímetros no le había parecido tan mala idea. Ahora, se lamentaba, y antes de llegar a la mitad, estuvo tentada de volverse y ponerse las converse. El problema era que, sin los tacones, iba a arrastrar el bajo del vestido, y si algo no quería era mancharlo. Más que nada porque no sabía cómo lavarlo después.
Cuando entró en el salón, Garin estaba de espaldas a ella, contemplando una foto sobre la chimenea. Era una foto de su familia, de ella con su hermano y sus padres, cuando aún estaban vivos. La tomaron unos meses antes de que ocurriera el accidente, durante su viaje a Italia. La imagen mostraba a la familia junto a una enorme Villa de la Toscana Florentina, una tarde soleada. La pequeña Naharwyn llevaba una margarita en el pelo, que en aquel entonces era de color castaño oscuro casi negro. A Garin le costó reconocerla al principio. Pero ya desde los doce años tenía ese tono de piel claro y vestía en tonos azules y verdes. Cuando escuchó los pasos de su acompañante entrando al salón, se dio la vuelta y se encontró con una versión de Naharwyn muy diferente a la de la foto. Muy diferente incluso de la Naharwyn con la que iba al instituto.
Lo primero que pensó el rubio es que ante él se encontraba una sirena de verdad. Ese era precisamente el corte del vestido, de un color azul oscuro que combinaba a la perfección con el azul más claro de su cabello, tan liso que le caía como una cascada de agua a la espalda. El vestido se le pegaba al cuerpo, marcando las curvas hasta la mitad del muslo, destacando las caderas que normalmente pasaban desapercibidas debajo de los vaqueros; y marcándole el trasero, seguramente más que lo que la propia Naharwyn creía, pensó Gárin. Todo el vestido estaba adornado con bordados con motivos y formas florales, dándole volumen a la tela. Un corte debajo del pecho lo mantenía firme y en su sitio, y las mangas de tirantes estaban decoradas con más bordados del mismo color. Pero lo que a Garin más le gustaba era el generoso escote de pico, que dejaba ver un sutil canalillo blanquecino. Discreto y sexy al mismo tiempo. La muchacha había acompañado el atuendo con un brazalete ancho de plata de imitación de Forever 21, unos pendientes largos a juego y un anillo en el dedo índice. Llevaba un pequeño bolso de mano, en el que Garin calculó que debía de caberle el móvil y poco más. Pero, en definitiva, se sintió cautivado por la Naharwyn que acababa de recibirlo.
Vestido de Nahar:
Y ella no pudo por menos pensar algo similar. Efectivamente, Garin había dejado de lado sus hoscas botas, sustituyéndolas por unos mocasines informales pero elegantes, y su cazadora de cuero. No se había equivocado con respecto a sus vaqueros, aunque estos que llevaba ahora estaban mucho más limpios y parecían nuevos, y algo en su interior le decía que quizás Garin se hubiera molestado en comprarse unos pantalones nuevos para la ocasión. También había dejado de lado sus típicas camisas de cuadros, arrugadas y arremangadas. Aunque tampoco se había excedido en su indumentaria: una camisa blanca lisa y una americana negra. ¡Y llevaba corbata! Una corbata fina azul oscura que combinaba perfectamente con su vestido y que le hizo pensar si Marisa no habría tenido algo que ver en ello.
Sin embargo, lo único que pudo hacer al ver a su acompañante fue soltar una risita.
- Giorgio Armani – se burló.
- La Sirenita – contraatacó él.
- Eso es un cumplido.
- Bueno, Giorgio Armani es millonario, así que lo tuyo también – replicó el chico.
Naharwyn sonrío, igual que Garin. El rubio se había recogido el pelo en una pequeña coleta, aunque aún se le escapaban los mechones más cortos, por lo que su sonrisa seguía siendo la misma.
- Estás preciosa, Nahar – dijo él, de corazón.
Naharwyn agachó la cabeza disimuladamente, tratando de esconder el rubor que ese comentario le había producido. No estaba acostumbrada a que los hombres le dijeran piropos, o al menos piropos en serio y sentidos, y mucho menos cosas bonitas, como Garin acababa de hacer.
- Tú también estás guapo – repuso ella.
- Claro que lo estoy. Yo siempre estoy guapo – se alagó el mismo.
Naharwyn asintió, condescendiente.
- Claro, claro… - murmuró.
Pero en su cabeza, algo hizo “click”. Hasta hace poco, Garin había sido un amigo de sus amigos, aparte de una leyenda en el instituto. Desde hace unos días, se había convertido en su amigo, una persona con la que había podido desahogarse, pasar un buen rato y divertirse. Alguien con quien estaba a gusto. Pero no había sido hasta ese momento que se había dado cuenta de que Garin era, efectivamente, guapo. Muy guapo. Sin importar su atuendo, ya fuera vestido de traje o con su cazadora que apestaba a tabaco, con el pelo recogido o suelto, Garin era guapo. La chica sacudió la cabeza, haciendo que su cabello bailara a su espalda, para sacar esos pensamientos de su mente.
Garin avanzó hasta llegar junto a ella y entonces fue consciente de que Naharwyn había crecido. Ahora le llegaba a la altura de los ojos en vez de a la barbilla. Miró a los pies de la chica y esbozó una sonrisa burlona.
- Dime, ¿qué se siente al ser alta? – preguntó.
- Unas ganas enormes de darte una patada en un sitio que hará que tú te encojas – respondió ella.
Garin hizo una mueca de dolor.
- Touché.
Naharwyn sonrió, satisfecha. En ese momento, el reloj del salón dio las siete y media.
- Deberíamos ir yendo – dijo Garin.
- Sí, - asintió Naharwyn - no quiero dejar sola a Marisa mucho tiempo.
- No está sola – le recordó Garin. - Está con Jason.
- Por eso – recalcó la animadora.
Se dio la vuelta y caminó de vuelta hacia la puerta, pero al tercer paso, el pie volvió a temblarle y perdió un poco el equilibrio, causando la risa de Garin.
- Ya le cogeré el truco – se defendió ella, antes de que él pudiera burlarse también con palabras. - Para el final de la noche, caminaré perfectamente.
- Para el final de la noche, tendré que llevarte en brazos – replicó Garin, con una risa.
- No – aseguró Naharwyn.
Aunque una parte de ella no encontraba la idea especialmente desagradable.
- ¿Qué te apuestas? – lo retó él.
La peliazul enarcó las cejas.
- ¿Quieres apostar conmigo? La última vez, perdiste.
- Considéralo mi revancha.
Naharwyn lo miró largamente, intentando encontrar algún atisbo de jocosidad en su rostro, pero no vio ninguno: su acompañante hablaba en serio.
- Está bien – aceptó ella. - ¿Una hamburguesa? – inquirió.
Garin esbozó una misteriosa sonrisa.
- Hagámoslo más interesante – propuso.
Naharwyn le contempló, preguntándose qué tendría el rubio en mente. Pero no dijo nada y dejó que siguiera adelante con su proposición.
- Una cita.
Naharwyn abrió los ojos.
- ¿Una cita? – repitió ella - ¿Una cita de qué tipo?
- De las del tipo estar los dos solos y hacer cosas divertidas.
- ¿Cosas divertidas? – inquirió ella.
Por su tono de voz, Garin adivinó lo que la muchacha estaba pensando y sacudió la cabeza.
- ¡No me refiero a eso! – exclamó. - ¡Por Dios! ¿Qué imagen tienes de mí?
- Bueno, la última vez me propusiste un baño en ropa interior… - empezó ella.
- Sí, – continuó Garin – y tú fuiste la primera en quedarse en bragas. ¿Seguro que el salido soy yo?
Naharwyn ladeó la cabeza. Lo cierto es que Garin tenía razón y eso tenía que concedérselo.
- Touché.
Garin se rió.
- Entonces, ¿aceptas? – preguntó, volviendo al tema que les competía. – Si en algún momento de la noche acabo cargándote en brazos, me concederás una cita.
- ¿Podré al menos decidir qué haremos en esa cita? – preguntó ella.
Garin sonrió.
- No.
Naharwyn torció el gesto. Pero la verdad era que la proposición la intrigaba. Era todo un reto, y la verdad que una parte de ella le apetecía, la misma parte que le susurraba al oído que siempre podría perder a propósito. Pero su orgullo se lo impedía.
- De acuerdo – aceptó finalmente.
Garin le ofreció la mano, y ella se la estrechó. Le gustaban sus manos. Eran grandes y ásperas, fuertes y protectoras. Cuando terminaron de sellar su pacto, Garin abrió la puerta y le ofreció pasar delante. Pudo haber pasado por un acto caballeroso si no fuera por la mirada de Garin al trasero de la chica cuando esta pasó por delante. Sin duda, iba a pasarlo muy mal en ese sentido toda la noche. Ese vestido le sentaba demasiado bien a su cuerpo.
- ¡Dekmir, me voy! – se despidió ella, sacándolo de sus pensamientos.
La muchacha no se molestó en esperar contestación por parte de su hermano. Salió al porche y empezó a caminar por el sendero hacia la calle. Garin cerró la puerta y la siguió, tratando de fijarse en su cabello que reflejaba los últimos rayos del sol como la superficie de un lago y no en la parte del cuerpo donde caían las puntas.


Cuando llegaron al instituto, Garin aparcó en el parking para motos. Había sido una odisea subirse a la moto y recogerse el vestido para que no se manchara con los engranajes, pero al menos agradeció no haberse hecho un complicado peinado que habría quedado destrozado al ponerse el casco. Garin le ofreció la mano para ayudarla a bajar de la moto sin caerse debido a los tacones y ella la tomó agradecida. Garin candó los dos cascos a la moto y ambos avanzaron hacia las puertas del instituto.
Tanto Virgilio como Marisa habían concretado ir juntos y con sus respectivas parejas, que eran del mismo grupo de amigos. Eso le había dado a Naharwyn, al mismo tiempo, una alegría y un ataque al corazón. Una alegría porque, tal vez, si sus amigos empezaban a salir con gente del círculo de Monique, tal vez se tomaran mejor la noticia de que se había apuntado al equipo de animadoras –aunque seguía sin saber cuándo revelarles ese secreto-. Y un ataque al corazón por el simple hecho de que sus amigos pudieran salir con gente del círculo de Monique.
La pareja avanzó por el pasillo del instituto, decorado con guirnaldas con los colores oficiales del colegio, hacia el gimnasio. Conforme se acercaban, cada vez iba habiendo más gente. Cuando llegaron frente a las puertas, vieron a Edryn Aanisa sentada tras una mesa sellando las manos de los alumnos y apuntando sus nombres en una lista. Llevaba un bonito vestido amarillo palabra de honor que contrastaba con su piel morena y su cabello negro y ondulado, que llevaba en un semirecogido con horquillas decoradas con margaritas. A su lado, Iraya, ataviada con un vestido verde de corte sencillo y el pelo recogido en un elegante moño griego, acompañaba a las parejas hasta el photocall, donde el fotógrafo contratado inmortalizaba su asistencia en una foto. Garin y Naharwyn se pusieron a la cola, deseando que apareciera alguien conocido. Pero los únicos conocidos que vieron fueron Eohnar y Yasmin. El chico iba vestido con un elegante traje y pajarita, y Naharwyn tuvo que admitir que se veía lindo. Y Yasmin llevaba un vestido de color lila con corte lápiz y escote cuadrado. Los peeptous que llevaba eran tan altos que la hacían ser casi más alta que el propio Eohnar. El chico les saludó tímidamente –seguramente recordando el episodio del McDonals- y ambos le devolvieron el saludo, Naharwyn con cierta sorpresa y Garin con una sonrisa divertida.
Cuando les tocó el turno para posar, Garin se colocó junto a ella y la tomó de la cintura, causando que ella se exaltase un poco. Era la primera vez que Garin la tomaba de la cintura –ella lo había tomado a él varias veces en la moto – y, aunque estaba la tela del vestido de por medio, la calidez de su tacto la hacía parecer inexistente. Trató de calmarse un poco, no quería lucir nerviosa en la foto que seguramente acabaría en los móviles de medio instituto, y mucho menos le gustaría tropezar debido a sus temblorosas piernas sobre sus tacones de siete centímetros. Sonrió a cámara, aunque cuando el flash saltó, tuvo la sensación de que más que una sonrisa, lo que le había salido era una mezcla entre una risa nerviosa y una mueca de asco. El fotógrafo les pasó una tarjeta donde podrían encontrar su foto y Naharwyn se apresuró a gradarla en su bolsito antes de perderla. Edryn apuntó sus nombres, selló sus muñecas y ambos entraron en el gimnasio.
La música y las luces los inundaron. Una enrome bola discoteca así como miles de luces led de colores iluminaban la estancia, reflejándose en las ventanas superiores del gimnasio. Había serpentinas blancas y turquesa, espumillón, banderines con el escudo de GreenHills High y posters de Otto la Nutria. En ese momento sonaba el último tema de David Guetta, y Naharwyn no necesitó ponerse de puntillas –gracias a los siete centímetros de más- para poder distinguir al universitario compañero de piso de Laurane en el puesto del DJ. Lo había visto en ocasiones recogiendo a Laurane del aparcamiento cuando Monique, por el motivo que fuera, no la llevaba a su casa.
Avanzaron por entre la multitud hacia el centro del gimnasio, y Naharwyn pudo comprobar que no le iba a resultar tan fácil caminar con los tacones. Entre la gente, las serpentinas por el suelo y las bebidas derramadas que hacían que las suelas de los zapatos se le quedaran pegadas al piso, había bastantes posibilidades de que Garin acabara llevándose esa cita.
Finalmente encontraron a sus amigos cerca de la mesa de los aperitivos. Naharwyn no pudo evitar sentir un cosquilleo de orgullo al ver a su mejor amiga: Marisa lucía aún más bonita que en las fotos que le había ido mandando por whatsapp conforme se iba arreglando. Llevaba un vestido corto y rojo intenso, hasta la mitad del muslo, de tirantes y escote recto, con cuerpo en drapeado. En los pies llevaba unas sandalias doradas de tacón de aguja muy similares a las de Naharwyn. A su lado, Catherine Harrington parecía que acababa de salir de una pasarela de moda… de carnaval. Un body pegado al cuerpo con un más que generoso escote -que dejaba muy claro que esa noche no llevaba sujetador- y lleno de lentejuelas en dorados y blancos, con un tutú rosa, largo por la parte de atrás pero excesivamente corto por la delantera, tanto que prácticamente también dejaba muy claro que tampoco llevaba ropa interior inferior. El pelo rubio le caía en tirabuzones y lo llevaba adornado con una pequeña tiara y, en los pies, unos peeptoes azul eléctrico de casi diez centímetros de plataforma y otros tantos de tacón. Verlas la una junto a la otra parecía una extraña combinación entre una nube de algodón de azúcar y una gota de sangre.
Jason y Virgilio iban ambos de traje, sin grandes galas, igual que Garin. Naharwyn se preguntó si Catherine habría insistido a Virgilio en comprarse un traje o si habría sido idea de su amigo para impresionar a la rubia. Su crucifijo había desaparecido y, en su lugar, una fina corbata de color granate decoraba su pecho. Jason había escogido una camisa azul clara y una corbata roja.
Sin embargo, ninguno de los cuatro parecía realmente cómodo, y tanto Naharwyn como Garin pudieron imaginar al instante el motivo. Catherine y Jason pertenecían a un planeta diferente que Marisa y Virgilio: Príncipes y mendigos, Montesco y Capulleto, Mac y PC. Y siempre había una persona con la que alguno de ellos prefería no hablar. En el caso de Marisa, esa persona era Cat. En el de ella, Marisa. En el de Virglio, Jason. Y viceversa.
Cuando Marisa vio aparecer a sus amigos, sonrió. Ahora tenían ventaja. Aunque sabía que Jason tenía un círculo de amigos con los que ella no se llevaba, nunca hubiera imaginado que sería tan desesperante tratar de mantener una conversación con Catherine Harrington que no incluyera maquillaje o complementos. Ahora que Naharwyn había llegado, podría hablar de cosas normales con ella… siempre sin descuidar a su pareja. Pero Jason también había visto llegar a “los dos que faltaban”, por lo que se alejó un par de pasos para hablar aparte con Catherine. Ya tendrían él y Marisa tiempo para estar a solas. Aún quedaba mucha noche por delante.
- Amiga, estás preciosa. Pareces una princesa – exclamó Marisa, abrazando a su amiga.
Garin y Virgilio se saludaron con un par de amistosos golpes en los hombros.
- Tú pareces una putilla – respondió Naharwyn, riendo.
- Una putilla muy sexy – puntualizó Marisa. - ¿A que sí, Killian?
- Ehm… - empezó él. – No sé si sería correcto elogiar el aspecto de otra mujer delante de mi acompañante – bromeó.
Naharwyn sonrió y se dirigió a Virgilio.
- Vir, estás arrebatador.
- Gracias – respondió su amigo, abrochándose la americana en un gesto excesivamente elegante.
Garin miró a Naharwyn un instante.
- Oh, con que esas tenemos. – Acto seguido, se dirigió a Marisa. – Marisa, estás muy buena.
- Gracias – dijo ella, imitando el gesto de Virgilio y abrochándose una americana invisible.
Los cuatro amigos rieron.
- Qué bonitas te han quedado – comentó Naharwyn, tomando la mano de Marisa e inspeccionando sus uñas.
- Oh no, please – exclamó su amiga. – No hagas comentarios sobre mis uñas, mi pelo, mi cara, mi vestido, mis tacones… Ya he hablado de todo ello con Harrington y casi muero.
Naharwyn asintió. Lo cierto es que era el típico tema de conversación que ellas dos evitarían en cualquier otra ocasión.
- Solamente dime cuánto tiempo tardaste en alisarte esa mata de pelo – pidió Marisa. – En la última foto que me mandaste te quedaba más de la mitad y eran casi las siete.
- Pues un buen rato. He sacado bola y todo – respondió Naharwyn, exhibiendo su brazo derecho y sacando bíceps…, un bíceps que tenía el mismo tamaño que una guayaba aplastada.
- Ese gesto no es nada femenino – comentó Marisa con tono reprobatorio, pero luego sonrió. – Me encanta.
Naharwyn soltó una risa cantarina.
- Veo que Dalahir no bromeaba sobre que no acudiría – comentó Garin, comprobando que el sueco no estaba detrás de sus amigos ni por ninguna parte del gimnasio.
Virgilio se encogió de hombros.
- Le llamaron del bar para ver si podía trabajar esta noche. Le parecía un plan más atractivo.
- Para atractivas, las piernas de tu acompañante… - le susurró por lo bajo Garin, sin que ninguna de sus amigas pudiera escucharle.
Aunque tampoco necesitó bajar mucho la voz, pues entre la música, la gente hablando y las propias Marisa y Naharwyn, que habían terminado hablando de la odisea que había sido para ambas venir en moto hasta el instituto, no había nadie que pudiera oírles. Por toda respuesta, Virgilio enarcó las cejas en un par de ocasiones con una mirada pícara que Garin entendió a la primera.
- ¿Sabes con quién va a venir Andre? – preguntó el de la coleta.
- Ni idea.
- Yo he venido con Harrington. Si no viene con una animadora, habrá perdido la apuesta – Virgilio se frotó las manos.
Garin sonrió, pero por su cabeza pasó como una fugaz flecha la posibilidad de que Naharwyn se enterara de la existencia de esa apuesta. Aunque él había decidido no tomar parte en ella, había acudido con Naharwyn como pareja, y ella era una animadora, aunque nadie más lo sabía. Y eso suponía una ventaja para él. Pero sacudió la cabeza, sacándose la idea de la cabeza. Para que la apuesta tuviera sentido, él tendría que confesarles que Naharwyn estaba en el equipo de animadoras, y eso era algo que le había prometido que no haría. No tenía nada de qué preocuparse. Simplemente contaría con el orgullo interior de que tampoco hubiera perdido la apuesta de haber tomado parte en ella, aunque fuera el único en saberlo.
Entonces, en ese preciso momento, vieron a Andre cruzando el gimnasio de la mano de Laurane Rheneléc, quien se había recogido su largo cabello pelirrojo en una coleta alta e iba marcando curvas con un vestido negro y corto de tirantes a juego con unas sandalias con brillantes. Los dos amigos se quedaron a cuadros.
- ¡Qué cabrón! – exclamó Virgilio, captando la atención de sus dos amigas. - ¡Lo ha conseguido!
- ¿Quién ha conseguido qué? – preguntó Marisa.
- Andre – respondió Virgilio, señalando a su amigo con un gesto de cabeza. – Ha venido con Rheneléc.
Marisa meneó la cabeza desaprobatoriamente.
- Estáis enfermos. ¿Ahora os ha dado por quedar con las barbies de Monique?
- Bueno, tú has venido con su guardaespaldas – se defendió Virgilio.
- Al menos él no usa faldita y pompones – recalcó Marisa. – Y tiene más cerebro que ellas, aunque no os lo creáis.
Como única respuesta, Virgilio y Garin se miraron y ambos contuvieron la risa. Marisa rodó los ojos.
- En fin, me alegro de que al menos Garin haya sabido elegir bien – comentó Marisa, pasando su brazo sobre los hombros de Naharwyn - y no venir con otra de las tontas animadoras de Monique.
La mirada del chico voló rápidamente hacia Naharwyn, y detectó  la chispa de la tristeza y de la culpabilidad nadando en los ojos azules de su pareja. Naharwyn no dijo nada. Trató de sonreír, pero no pudo. Únicamente desvió la mirada hacia la mesa de los aperitivos, como si buscara la salida de esa situación tan incómoda. Garin tampoco supo muy bien qué decir, pues, si le siguiera el juego a Marisa, seguramente heriría los sentimientos de Naharwyn, como acababa de hacer su mejor amiga, aunque sin ser consciente de ello.
- En realidad, – dijo Virgilio, y Garin agradeció que tomara la palabra – eso tiene una explicación.
- ¿Cuál, aparte de que os hayan drogado? – preguntó Marisa.
Virgilio miró a Garin, esperando que este le apoyara, pero el mayor negó con la cabeza, con los ojos muy abiertos y gesto de advertencia. No podía permitir que Virgilio les revelara la apuesta. Al menos, no delante de Naharwyn. El de la coleta arrugó la frente, sin entender. Entonces, Garin tomó la palabra.
- Simplemente querían hacerte rabiar, Carter.
- Tener amigos para esto… - murmuró ella, fingiendo tristeza.
- O… - empezó Virgilio, mirando por encima de las cabezas de sus amigas a una personita que acababa de entrar en el gimnasio – tener amigos para esto – recalcó, sacando el móvil del bolsillo interior de la americana.
Marisa y Naharwyn se dieron la vuelta y vieron a Edryn parada en medio de la gente,hablando con Luxhienn Dhagörlad, quien estaba aún más elegante que de costumbre vestido de traje. Virgilio activó la cámara de iphone último modelo –robado, seguramente- y sacó un par de fotos a la pareja del consejo de estudiantes.
- ¿Qué vas a hacer con esas fotos? – pregunto Garin, dudoso.
- No era la primera vez que Virgilio sacaba fotos comprometidas y las vendía a precio de barril de petróleo. Apenas había cruzado palabra con Edryn Aanisa, pero no le parecía el tipo de persona que se merecía ser víctima de Virgilio. Por otro lado, Luxhienn sí podría ser un buen partido, pero ellos dos eran amigos y, a pesar de que Virgilio, en muchos aspectos, sudaba de la ley, sí que le parecía tener el honor suficiente como para no traicionar a su amigo, a pesar de que fuera una amistad secreta para el 99’9% de la escuela.
- Mandárselas a nuestro querido amigo sueco, obviamente – respondió Virgilio con una risita, al tiempo que abría el whats’app y buscaba la conversación con Dalahir.
Marisa rió, y Naharwyn no pudo evitar esbozar una sonrisa, olvidando por un momento el comentario de su amiga sobre las animadoras y agradeciendo que Virgilio cambiara de tema. Por eso, y por muchas cosas, él era su mejor amigo.
- Eso es cruel – dijo Naharwyn.
Al fin y al cabo, Dalahir era su otro mejor amigo.
- ¿Cruel? – repitió Virgilio. – Cruel es que hayas venido con vestido largo, ¿a que sí, Garin?
- ¿Me has oído quejarme? – preguntó Garin.
Virgilio se encogió de hombros. Garin estuvo a punto de añadir que, a diferencia de su amigo, él ya había visto a su acompañante en ropa interior, pero se contuvo, pues pensó que a Naharwyn podría molestarle el comentario. En ese momento, sonó el whats’app del teléfono de Virgilio. El chico lo desbloqueó para ver el mensaje que Dalahir le había enviado en respuesta a las fotos de Edryn y Luxhienn. No había palabras, solamente el emoticono del corte de mangas. Los cuatro amigos estallaron en carcajadas.
- Bueno, ¿qué? – preguntó Naharwyn, dirigiéndose hacia Marisa y Virgilio. - ¿Vuestras parejas no piensan acercarse ni a saludar?
Virgilio y Marisa se miraron y se encogieron de hombros. Andre y Laurane se habían unido a Catherine y Jason. Su amigo les hizo un gesto de saludo con la mano, pero no parecía que tuviera intención de acercarse. Naharwyn entendió algo entonces.
- Creo que nosotros sobramos aquí.
Marisa la abrazó con ambos brazos.
- ¡No sobras para nada! – exclamó apretando la cara de su amiga contra la suya propia.
Naharwyn rió.
- No pasa nada. Querréis estar con vuestras parejas, lo entiendo. Nos vemos luego.
Marisa se separó de su amiga.
- ¿Seguro? – preguntó, preocupada.
Le daba pena separarse de Naharwyn, pero también quería estar con Jason, y estaba claro que ni él ni Cat ni mucho menos Laurane iban a acercarse a hablar con todo su grupo de amigos, especialmente si estaban Naharwyn y Garin.
- Sí. Nos vemos más tarde – aseguró la peliazul.
- Vale – asintió Marisa. – Me debéis un Harlem Shake – añadió, señalándoles a ambos.
Garin sacudió los brazos.
- De ninguna manera.
- Harlem Shake – repitió Marisa.
Y se alejó de ellos hacia el otro grupo, seguida de Virgilio. Garin y Naharwyn se quedaron solos, y se miraron.
- Qué bien, ¿no? – ironizó ella.
- Ya ves… - fue toda la respuesta que el chico pudo darle. - ¿Ponche?
Sin esperar respuesta, Garin se dirigió hacia las mesas de aperitivos, y Naharwyn le siguió. Las mesas, hechas con tablones de madera sobre caballetes, están tapadas con manteles de papel y llenas de fuentes de cartón con patatas fritas, sándwiches y golosinas. Y, en la más grande, en el medio, una gran ponchera con un líquido de color entre anaranjado y rosaceo. Tres o cuatro parejas hacían cola para servirse ponche, así que se colocaron los últimos, justo detrás del compañero de clase de Garin, el pelirrojo Marti Visshanov, y su pareja, la chica con la que Marisa estaba haciendo su trabajo de historia y que no se sabía casi ni su nombre, Friné Croix du Eros.
Cuando les tocó el turno, Garin tomó el cucharón y sirvió dos grandes cucharadas de ponche en cada vaso rojo de plástico. Le tendió uno a Naharwyn, él tomó el otro y se fueron aparte.
- Salud – dijo Garin, con una sonrisa.
- Salud – respondió ella, sonriendo también.
Entre chocaron los vasos de plástico y se los llevaron a los labios, dando un trago cada uno. Pero en cuanto tragaron, sus sonrisas desaparecieron. La de Garin se tornó agria para finalmente transformarse en una mueca de asco. La de Naharwyn, en una de sorpresa.
- ¡Puaj! – exclamó el chico, escupiendo el contenido de la boca y haciendo muecas tratando de hacer desaparecer el sabor excesivamente afrutado del ponche.
- ¡Lleva zumo de pera!
- ¿No te gusta?
Por toda respuesta, Garin señaló el contenido de su vaso con el dedo.
- ¡Lleva zumo de pera! – repitió.
Y sintió un escalofrío saliendo de su nuca recorrerle todo el cuerpo, así como una arcada. Tomó un puñado de ganchitos de queso en un desesperado intento de tapar el sabor del ponche.
- A mí no me parece que esté malo – comentó Naharwyn, con una cara de “not bad”.
Y dio otro sorbo. Garin la miró, incrédulo.
- ¡Lleva pera! – repitió por tercera vez, con las comisuras manchadas de naranja.
- Ya me ha quedado claro que no te gustan las peras. Y yo que pensaba que eras un hombre – bromeó la peliazul, mirándolo de refilón.
Garin se limpió los restos de ganchitos y se paró frente a ella.
- Espera, espera, ¿a qué te refieres?
Naharwyn le miró, fingiendo no entenderle.
- A la fruta…, ¿no? ¿A qué otra cosa me iba a referir?
Garin la contempló. La muchacha se esforzaba por no echarse a reír, por no sonreír, por seguir con su broma, pero finalmente su propia boca la traicionó, curvándose hacia arriba, y tuvo que morderse el labio inferior para evitar reírse de la cara de Garin. El joven supo entonces que ella estaba jugando con él y entrecerró los ojos.
- ¿Dudas de mi heterosexualidad?
Naharwyn se llevó la mano al corazón.
- Nunca se me ocurriría – aseguró.
Garin se mordió la lengua, levantando la mirada hacia el cielo y negando con la cabeza. Aunque no le molestaba que Naharwyn jugara con él, ya llevaba bastante ventaja, así que decidió que ya era hora de llevar las gracias a su terreno.
- Muy bien, veamos si te hace tanta gracia bailar un poco.
Naharwyn dejó de reírse.
- ¿Bailar? – repitió, y se acercó a él para hablarle al oído. – Te recuerdo que soy animadora. Bailar no me da vergüenza.
- Ya sé que no – le respondió Garin, también en un susurro, aunque mucho más alto, por lo que Naharwyn supo que se estaba burlando de ella. – Pero apuesto a que bailar con tacones de aguja es más difícil.
Entonces Naharwyn cayó en la cuenta y sus ojos se dilataron un poco.
- Oh no, ni lo sueñes – se negó.
- Claro que sí – dijo Garín, tomándola de la cintura.
- ¡No! – exclamó Naharwyn, agarrándose al borde de la mesa con la mano libre.
Garin se rió y tiró un poco más de ella, a lo que Naharwyn tuvo que dejar el vaso y agarrarse con la otra mano para evitar que Garin la arrastrara.
- No me obligues a cogerte en brazos y ganar la apuesta – la amenazó Garin con una sonrisa.
Naharwyn giró la cabeza y lo miró con los ojos entrecerrados y los labios en un mohín de molestia, viéndose entre la espada y la pared. Garin le sacó la lengua. La muchacha sabía que, si el chico quisiera, fácilmente podría cargarla en brazos o a su espalda, aunque sería una forma un poco sucia de ganar la apuesta. Y aunque no significara ganar la apuesta, también podría cargarla igualmente a la pista de baile si le diera la gana. Finalmente, la chica soltó el borde de la mesa.
- Está bien – aceptó. - Solo un baile. Y yo decidiré cuál.
Garin soltó una carcajada.
- ¡Ja! ¡Que te lo has creído!
La tomó de la mano y la arrastró hacia la pista de baile. Naharwyn se dejó llevar, más que nada porque el contacto de la mano de Garin en la suya la había pillado por sorpresa, igual que cuando la había tomado de la cintura en el photocall. No entendía por qué se ponía tan nerviosa cuando Garin la tocaba. Virgilio y Andre también la habían tomado de la mano en ocasiones y nunca se le había acelerado el pulso de esa manera. ¿Por qué con Garin sí? Para cuando quiso darse cuenta, estaban ya en medio de la pista, rodeados de parejas y grupos de alumnos que bailaban al son de la música.
En ese momento, estaba sonando un remix de una canción que no supo cuál era, así que simplemente se puso a moverse vagamente, moviendo los hombros y la cabeza sin demasiadas ganas. Frente a ella, Garin hacia lo mismo, pero contagiado por el ritmo y con una sonrisa en los labios.
- Pareces una muerta – le dijo su amigo.
- Es mi color natural de piel – repuso ella, sin dejar de moverse.
Garin se rió.
- Lo digo por cómo te mueves. Nadie diría que te gusta la música.
- Es lo que ocurre cuando me obligan a bailar – se defendió ella. – Además, ¿qué mierda es esto que está sonando?
Se giró en derredor, buscando al DJ, pero apenas alcanzaba a verlo en la pequeña tarima del gimnasio tras los altavoces y varias cabezas de alumnos.
- No culpes a la música – le dijo Garin. – Si de verdad te gusta, aprendes a apreciarla en todas sus formas.
Naharwyn le contempló. Estuvo a punto de decir que los conciertos de eructos que hacían él y Virgilio no eran música, pero la mirada de su acompañante la hizo desechar la idea. Garin tenía mucha razón. Daba igual si se tratara de metal, rock, techno, chillout o música clásica. Ella amaba la música, amaba cantar y amaba bailar. Tanto como amaba el agua, el surf o nadar. Y así como podía disfrutar del agua aunque fuera en la piscina del instituto o durante una fina llovizna, también podía disfrutar de la música aunque  fuera en el gimnasio de la escuela y estuviera sobre tacones de aguja siete centímetros. En ese momento, como si el DJ hubiera leído sus pensamientos, la música cambió, y esta vez Naharwyn sí la reconoció: Cheap Thrills, de Sia y Sean Paul.
Dejó que las notas de la canción, el ritmo y la letra le inundaran, y se dejó llevar en la pista, contagiada por el buen ánimo de Garin. Trató de no hacer grandes pasos de baile, pues entre el largo del vestido y los tacones, estuvo a punto de caerse en dos o tres ocasiones, ante la mirada de diversión de su compañero, que tuvo que sujetarla en una de ellas. Cuando la canción terminó, podía notar un par de gotas de sudor cayéndola por la nuca bajo la cortina de pelo.
- Muy bien, sirenita – la felicitó Garin. – No te has caído.
Naharwyn le sonrió, satisfecha de su proeza.
- Soy una pro – afirmó, haciendo la señal de la victoria con los dedos índice y corazón. – Es más, estoy dispuesta a ofrecerte el siguiente baile.
- Muy bien – aceptó Garin.
Ambos se sonrieron. Pero cuando escucharon el primer acorde de la siguiente canción, los dos se quedaron de piedra. Las luces del gimnasio se volvieron azules y bajaron su intensidad, al tiempo que la mitad de las chicas de la sala se precipitaron a arrastrar a sus parejas a la pista de baile mientras esta era inundada por la voz de Celine Dion con su “A new day has come”.  Garin miró a Naharwyn, quien le devolvió la mirada. No estaba muy seguro de lo que debía hacer, si tomarla de la cintura para bailar aquella canción tan cursi o tomarla de la mano para salir de en medio de tanta pareja ñoña. Naharwyn, por su parte, se encontraba en un dilema similar. Pero básicamente porque le daba vergüenza admitir que quería bailar esa canción con Garin.
Canión:
Finalmente, viendo que Garin no hacía intención de moverse y que estaban parados en medio de la pista, lenta, muy lentamente, la chica se acercó un par de pasitos hacia él al tiempo que levantaba su mano derecha para colocarla en el hombro de su pareja. Garin al principio se sorprendió de que Naharwyn quisiera bailar la canción, pero también le pareció muy tierna su expresión. Aún a pesar de las luces blancas, azules y violetas que teñían el gimnasio con los colores de la noche, pudo ver un ligero rubor en las mejillas de su acompañante, que lo contemplaba como si le pidiera permiso para bailar con él, sin duda algo avergonzada, puedo deducir el rubio. Sin decir nada, Garin tomó su fina cintura con la mano derecha y su pequeña y pálida mano con la izquierda. La chica notó de nuevo el calor procedente de la mano de Garin a través de la tela del vestido a la altura de las lumbares, pero esta vez estaba preparada para ello. Y esta vez sabía que la mano iba a durar ahí un poco más. El que no estaba muy seguro de eso era Garin, quien estaba tentado de bajarla más, pero se contuvo.
Ambos empezaron a moverse despacio, tontamente, balanceándose estúpidamente sin un ritmo fijo. Naharwyn vio a Marisa bailando con Jason y contuvo una sonrisa. Su amiga tenía exactamente la misma expresión que debía tener ella misma: contenta pero al mismo tiempo avergonzada de haber caído en semejante tópico cutre. A su vez, Garin pudo ver por encima de la cabeza de Naharwyn a Virgilio bailando con Catherine. La rubia parecía encantada, pero su amigo lucía una expresión de aburrimiento y bochorno que le hizo guiñarle un ojo cuando Virgilio reparó en él. El chico de la coleta, por toda respuesta, enarcó las cejas e hizo un gesto con la cabeza en dirección a Naharwyn. Garin se encogió de hombros. Entonces, las chicas se dieron cuenta de que sus parejas parecían distraídas, pero antes de que pudieran decir algo, los dos amigos centraron su atención en ellas.
Conforme la canción iba pasando, Naharwyn se iba sumiendo poco a poco como en un sueño. Sin buscarlo, la música y aquella ambientación azul que le recordaba al mar habían conseguido que se olvidara de que estaba en medio del gimnasio del instituto, a la vista de sus grandes enemigas. Pero Monique y Laurane estaban demasiado ocupadas bailando con sus parejas, en especial la primera, que se había asegurado de que nadie más invadiera el espacio personal suyo y de Arydan, que bailaban en un hueco de casi cuatro metros de diámetro.
Naharwyn tenía la mirada perdida en alguna parte de la corbata de Garin, sopesando si mirarle a los ojos mientras bailaban le daría al chico alguna idea errónea. Pero, al mismo tiempo, tampoco estaba muy segura de qué tipo de idea quisiera darle, si le daba alguna. Garin, por su parte, también había ido olvidando poco a poco el ridículo y empezaba a disfrutar del baile, de la música y de la compañía. La mano de Naharwyn era tan preciosamente pequeña dentro de la suya, y estaba fría a pesar del calor dentro del gimnasio. El tacto de su vestido era suave, pero la tela era fina, y sentía que está prácticamente tocando la piel de su acompañante. Siguieron bailando lentamente, girando sobre sí mismos, y ninguno de los dos supo muy bien en qué momento Naharwyn acabó apoyando la mejilla en el hombro de él, junto a su mano, y los pechos de ambos quedaron prácticamente juntos. La melodía era como una nana, los mecía y los llenaba, haciendo que se olvidaran de todo, salvo del uno al otro.
Y, de repente, la música se acabó. No fue un corte brusco, simplemente las notas fueron bajando hasta desaparecer, y las luces volvieron a tornarse amarillas y a subir de intensidad, iluminando a todas las parejas, que seguían abrazadas. Garin y Naharwyn sintieron que despertaban de un sueño, y se separaron casi automáticamente, como si los hubieran pillado haciendo algo malo. La peliazul carraspeó, y Garin se rascó la nuca desviando disimuladamente la mirada, atento por si alguien los había visto. Pero todo el mundo parecía sumido en sus propios asuntos. Las parejas se sonreían y se lamentaban de que la canción hubiera terminado, y aquellos que no habían venido con su pareja se alegraron de que el DJ volvieran a pinchar una canción apta también para solteros.
La pareja parecía algo azorada, como cuando se encontraron por primera vez en la playa. No supieron bien cómo reaccionar, pues acababan de compartir un momento más típico de “novios” que de “amigos”. Ninguno sabía qué decir, y se fueron a parte para no quedaron encerrados entre la gente que volvía a la pista para bailar el último tema de Juan Magan.
Finalmente, Naharwyn decidió romper el silencio. Ya que había sido ella la que había tomado la iniciativa para bailar, sentía que debía tomarla también ahora.
- Not bad… - comentó. – Aunque hubiera preferido bailar esta – añadió, refiriéndose a la canción que sonaba en ese momento.
- ¿En serio? – inquirió Garin, levantando una ceja. – Porque parecía que lo estabas disfrutando.
- ¡Nada de eso! – exclamó Naharwyn, haciendo tremendos esfuerzos por no ponerse roja.
Lo había disfrutado, pero jamás en la vida lo admitiría.
- Eh, lo entiendo. Mi pecho es muy confortable.
- ¡Sí, bueno, el mío más!
- ¿En serio? Quizás debería apoyar la cabeza en él para comprobarlo.
Naharwyn lo miró con los ojos muy abiertos.
- Es broma, Nahar – se apresuró a tranquilizarla él.
- Ya, seguro…
- Bueno, no negaré que no quiera hacerlo, pero no voy a obligarte a que seas mi almohada.
Naharwyn se lo quedó mirando con ojos caídos, con mezcla de diversión y asombro.
- Garin, ¿tú piensas antes de hablar?
- Normalmente no – respondió el rubio con una sonrisa.
- Ya veo.
- Pero solo con las personas con la que me siento cómodo y a gusto, que sé que no me van a juzgar por lo que diga o deje de decir. Personas como tú, Nahar.
La peliazul lo miró, de nuevo sorprendida por sus palabras.
- Aunque eso en muchas ocasiones sirva para que la gente se meta conmigo – añadió el rubio, viendo que la conversación se había tornado un poco sentimental, algo poco recomendable después del momento “de novios” de Celine Dion.
Naharwyn asintió.
- Es divertido – afirmó sonriendo.
- Ya lo veo – confirmó él. – Antes has tomado buena carrerilla.
La chica se rió.
- Aún queda mucha noche, y tengo energías para rato.
Garin enarcó las cejas y la miró de forma sugerente.
- ¿Eso significa que me vas a dejar usarte de almohada?
- ¿Qué? ¡No! – exclamó ella.
- Ouh – se lamentó él, fingiendo tristeza.
A pesar de lo verde de la conversación, Naharwyn se divertía. Tampoco es que fuera un tema taboo para Garin, ni para ella. El único problema era que, dado el historial sexual de Garin, ella nunca podía estar segura de cuándo hablaba en broma y cuando no.
- Voy a tener que emborracharte, entonces – dictaminó Garin.
- Buena suerte – lo retó Naharwyn. – No hay ni una sola gota de alcohol en la ponchera y dudo mucho que Marisa haya logrado esconder una petaca de vodka debajo de ese vestido.
Garin sonrió misteriosamente.
- Oh, sirenita, pero nadie ha dicho que debamos quedarnos aquí.
Naharwyn le miró, sin entender.
- ¿Qué sugieres? ¿Qué nos escapemos?
- Técnicamente, – respondió Garin, encogiéndose de hombros – es sábado, y no estamos en horario de clases. Así que no sería escaparnos. Aunque tampoco sería mi primera vez… - añadió, rememorando varias de sus escapadas hace algunos meses.
Naharwyn sopesó la idea. Le había prometido a Marisa que pasaría más tiempo con ella, pero su amiga parecía muy contenta en compañía de Jason, y contaba con Virgilio y Andre de su grupo de amigos. Ella y Garin, en cambio, estaban solos. Las parejas de sus amigos no les dirigían la palabra, y no tenía ningún interés en acercarse a menos de diez metros de Laurane Rheneléc. Sin embargo, también le apetecía pasar tiempo con Gárin. A solas. Donde nadie pudiera molestarles.
- ¿Y dónde me llevarías? – preguntó ella. - ¿Al Bohemian Circle?
- Eso depende del aguante que tenga tu hígado.
Naharwyn puso las manos en jarras.
- Mi hígado se ríe de ti – lo retó.
Garin sonrió, aceptando el desafío.
- Muy bien. Al final no será tan difícil ganar la apuesta.
Naharwyn le lanzó una mirada retadora, se apartó el pelo de la cara y pasó por delante de él, rumbo a la puerta del gimnasio. Cuando salieron, Iraya les selló la muñeca, aunque ninguno de los dos estaba seguro de si iban a volver.
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::Nono::

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Re: Homecomming - Garin y Naharwyn

Mensaje por ::Nono:: el Lun Ago 01, 2016 4:32 am

Segunda parte


- ¿Qué es este sitio? – preguntó Naharwyn nada más bajarse de la moto, con el casco todavía en las manos.
Garin se quitó el suyo y lo candó antes de responder.
- Que no te asuste la apariencia – la tranquilizó él. - No es mal lugar.
Naharwyn echó un vistazo al edificio. Estaban frente a un bar en uno de los barrios periféricos de GreenHills. Era un local pequeño, sin casi luces exteriores, con una puerta de madera descascarillada y varias botellas rotas en el suelo. Parecía el típico antro donde la gente iba a emborracharse, a darse palizas y a drogarse. Y, desde luego, no era el lugar adecuado para un vestido largo de fiesta de corte sirena y unos tacones de aguja de siete centímetros. Garin cogió el casco de manos de Naharwyn y lo guardó junto con el suyo. Luego, le dio un pequeño empujón a la peliazul, que parecía reacia a entrar en el bar.
- Venga, no te arrepentirás.
Naharwyn no estaba muy segura, pero se dejó convencer por Garin. Se remangó el bajo del vestido con una mano para no mancharlo –básicamente porque luego tendría que lavarlo- y dejó que Garin la guiara dentro.
El interior del local no lucía tan mal como el exterior. Naharwyn esperó encontrárselo lleno de camioneros robustos y con tatuajes, pero nada más lejos de la realidad. Los clientes eran gente normal, cuarentones, vestidos con ropa de diario. No había ningún heavy ni ningún emo, ni nadie con pintas de drogadicto. Incluso había dos hombres trajeados bebiendo unas cervezas en la barra, con pintas de haber terminado de trabajar en alguna importante empresa de bien. Garin la condujo hasta la barra, donde el chico apoyó el codo tras asegurarse de que no estaba sucio, y llamó la atención del camarero. Este, al acercarse, adoptó una expresión de sorpresa.
- ¿Garin? – se extrañó.
- Hola Ben – saludó el rubio, soltándose la coleta.
- Qué elegante vienes. Y con nuevas compañías, por lo que veo.
Naharwyn arrugó la frente, pasando la vista del camarero a Garin, interrogándole con la mirada. ¿A qué se refería exactamente con “nuevas compañías”?
- Normalmente vengo aquí con Jonathan. No pienses mal.
Naharwyn asintió, comprendiendo, y sintiéndose mal de haberse imaginado unas piernas esbeltas embutidas en ligeros y faldas cortas.
- ¿Qué va a ser? – preguntó Ben, apoyándose en el tirador de cerveza.
- Mi amiga Naharwyn está muy orgullosa de su hígado – dijo Garin, señalando con el dedo pulgar a la peliazul a su lado – y quiero bajarle los humos.
Ben miró a Naharwyn de arriba abajo, sin duda pensando que esa pequeña niña vestida de princesa no aguantaría ni un trago de cerveza sin alcohol. La muchacha le devolvió una mirada firme, haciéndole replanteárselo. El camarero sonrió.
- Muy bien. Marchando dos tumbadores.
Ben se alejó de ellos, y Naharwyn miró a Garin, quien se había aflojado la corbata y desabrochado el primer botón de la camisa.
- ¿Tumbadores? – preguntó.
- Los llaman así porque se supone que te tumban. Yo me tomo tres y ya no soy consciente de a quién le hablo – respondió el rubio entre risas.
Naharwyn abrió los ojos como platos.
- Garin, que tienes que conducir de vuelta.
- Oh, ya lo sé, sirenita – sonrió Garin. - No te preocupes. Los dos son para ti.
Antes de que Naharwyn pudiera decir nada, Ben regresó trayendo consigo dos pequeños vasos de chupito que dejó encima de la barra, frente a ella.
- Que aproveche – le dijo.
La peliazul observó el interior de los vasitos. El líquido transparente parecía agua, aunque era obvio que no lo era. Podría pasar por vodka o ginebra, pero algo le decía que sería bastante más fuerte que esas dos bebidas juntas. Miró a Garin, quien enarcó las cejas.
- ¿No decías que tenías un hígado de hierro? – la picó. – Venga, demuéstralo.
- O sea, que de verdad estás intentando emborracharme – lo acusó ella.
- Solo hago lo posible para conseguir mi cita – se defendió él.
- Bueno, esto ya es una cita de por sí.
Garin ladeó la cabeza.
- Pero yo tenía en mente otra cosa para una cita.
- Sí, ya sé qué es lo que tienes en mente tú…
- ¡Ya estamos otra vez con lo mismo! – se quejó él. – Para empezar, ya te he visto en ropa interior. Y, además, soy un caballero.
- ¿O sea, que si después de tomarme estos dos – preguntó ella, señalando los tumbadores sobre la barra - me quedara en pelotas y me tirara encima de ti, te apartarías educadamente, me cubrirías con tu chaqueta y me llevarías a mi casa?
Garin se quedó callado, imaginándose la primera parte de la escena. Naharwyn negó con la cabeza, poniendo los ojos en blanco y conteniéndose una sonrisa. Tomó el primer vaso de chupito y olió el contenido, que se le coló por las fosas nasales. Ya solo por el olor predijo que iba a ser una dura batalla. Garin sacudió la cabeza, borrando de su mente la imagen de una sensual y desnuda Naharwyn violándolo, y se centró en la Naharwyn de la realidad. La chica se llevó el vasito a los labios y, de golpe, se lo bebió de trago.
Al instante, tuvo que agarrarse a la banqueta. Notó el alcohol bajar por su esófago, abrasándoselo de camino al estómago, así como una enorme arcada que se abrió paso en dirección contraria. Sintió cómo el calor le abandonaba la cara y las manos y se centraba en su tripa, y tuvo que toser varias veces y tomar aire sonoramente.
- Agua – pidió.
Ben le sirvió un vaso de agua del grifo, y la chica dio un buen trago, tratando de aplacar el incendio que se había iniciado en su barriga. Al cabo de casi un minuto, notó cómo se le empezaba a pasar. Miró a Garin, que la contemplaba sonriendo.
- ¿Qué tal? – preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
- Mal - respondió ella, doblada sobre sí misma y con voz cascada.
- Pues aún te falta el otro – le recordó Garin., señalando el segundo vasito, intacto sobre la barra del bar. Naharwyn le echó un rápido vistazo antes de negar con la cabeza.
- No puedo beberme otro. ¿Quieres que muera?
- No, - respondió Garin – quiero llevarte en brazos.
Naharwyn bufó.
- Si quisieras, podrías tomarme en brazos en cualquier momento. Tampoco es que fuera a resultarte muy difícil.
Claramente, por mucho que pataleara y se sacudiera, Garin era mucho más alto y fuerte que ella.
- Ah, pero eso sería hacer trampa – respondió su amigo.
- ¿Y emborracharme no lo es?
- No. Eso son factores propicios. Además, has sido tú la que se ha tomado el tumbador. Siempre podrías haberte negado.
- ¿Para que me llamaras cobarde luego? – inquirió Naharwyn. - Ni hablar.
Garin sonrió.
- Aún puedo hacerlo; todavía te queda otro.
Y volvió a señalar el chupito. Naharwyn entrecerró los ojos. Al principio de la noche, había pensado que no sería mala idea perder la apuesta, incluso se le había pasado por la cabeza la posibilidad de perder a propósito. Pero ahora esa opción se le antojaba imposible. Su orgullo pedía a gritos una batalla campal. Tomó el chupito con la mano y respiró profundamente. No quería bebérselo, estaba asqueroso, pero tampoco quería perder ante Garin, que la contemplaba divertido. En realidad, el joven no esperaba que se bebiera el segundo. Incluso hubiera encontrado lógico que no lo hiciera, y pensaba decírselo –aunque después de burlarse un poco de ella-. Por eso, cuando la peliazul se llevó el vaso a la boca y se bebió el contenido de golpe, se quedó sin palabras.
Naharwyn posó el vasito de cristal con fuerza sobre la barra, demasiada, aunque este no se rompió, y con el contenido todavía en su boca, sin llegar a tragárselo. Tenía que mentalizarse: cerró los ojos, respiró profundamente y los abrió de nuevo, preparada para sufrir. Miró a Garin con decisión, pero la expresión de este se había convertido en una de sorpresa.
- Eh, te estaba picando. No hace falta que te lo tragues.
Obviando el hecho de que esa frase había sonado muy mal, ninguno de los dos hizo ni dijo nada en los siguientes segundos. Naharwyn se quedó parada, debatiéndose entre escupir el contenido de su boca sobre Garin o tragarse el tumbador y demostrar que su hígado sí era de hierro… o vomitar. Finalmente, decidió tragárselo.
Al instante, volvió a sentir el alcohol abriéndose paso como ácido por su esófago, y un enorme mareo que la hizo tener que agarrarse a la barra para no caerse. La boca le salivaba y tuvo que limpiársela, a la vez que le venían una enorme arcada. Garin se acercó a ella.
- ¿Estás bien?
Naharwyn no respondió, solo respiraba profundamente, tratando de calmar el malestar que sentía. El mareo se disipó un poco, pero las arcadas seguían ahí. Y vaticinaban algo peor. Sin decir nada, empezó a caminar hacia la puerta, encorvada sobre sí misma y al paso más rápido que le permitían los tacones, agarrándose a cuantas cosas veía a su lado para no caerse. Garin dejó un billete de diez dólares sobre la barra y la siguió, realmente preocupado. Quizá su broma había llegado demasiado lejos.
Naharwyn salió del bar y se apoyó en la pared de este, lista para vomitar de darse el caso. El cabello azul le caía por un lado del cuello, y el bajo del vestido se había manchado un poco de arena. Garin le recogió el pelo a un lado, echándole su americana sobre la espalda para abrigarla y reconfortarla.
- ¡Qué cabezota! ¡Podías haberlo escupido!
Naharwyn siguió callada. Tenía la sensación de que, si abría la boca, no serían palabras lo que salieran de ella. Garin se mordió el labio. No sabía muy bien qué decir. No pensaba que Naharwyn iba a ser lo suficientemente orgullosa como para tomarse el segundo tumbador, mucho menos después de que él le dijera que no tenía por qué hacerlo. Solo con haberse tomado uno ya había demostrado que era una gran bebedora. Justo cuando Garin empezaba a preguntarse si debería llevarla a casa, Naharwyn empezó a incorporarse. No había llegado a vomitar, cosa que al chico le extrañó. Pero parecía encontrarse un poco mejor.
- Te dije que… - le dijo, entre jadeos - mi hígado se reía de ti.
Tenía los ojos llorosos y las mejillas encendidas pero, por lo demás, parecía estar bien. Aunque ambos sabían que dentro de un rato, el alcohol le subiría y eso cambiaría. Garin negó con la cabeza.
- Me habías preocupado – la reprendió. - ¿Por qué demonios te bebiste el segundo tumbador? Te dije que no hacía falta.
- Para joderte – respondió ella, con una débil sonrisa.
Garin levantó los brazos a ambos lados de su cuerpo con las palmas hacia arriba, al tiempo que negaba. Aquello era el acabóse. Naharwyn se rió.
- Soy más dura de lo que aparento.
- En eso tienes toda la razón – coincidió Garin. – Tengo que reconocerlo, no esperaba que aguantaras ni el primer chupito.
- Casi muero – le confesó ella.
- Menos mal que no lo hiciste. No sé qué es lo que haría.
Naharwyn le miró, confundida.
- Ya sabes, tendría que esconder tu cadáver, inventarme una coartada… Un coñazo.
Naharwyn fue a devolverle la americana, pero Garin la detuvo con un gesto de la mano. Y la verdad es que el tacto de la tela interior de satén era muy agradable. Tampoco es que tuviera frío, pero no era la primera vez que Garin insistía en que llevara encima una prenda de abrigo suya. Le agradeció con un susurrante gracias y fue a decir algo más, cuando se le ocurrió una idea; una forma de hacer pagar a Garin la broma de los tumbadores.
- Tengo hambre – informó.
- Yo también – coincidió Garin. - ¿Te apetece una hamburguesa?
- En realidad… - empezó la chica, ocultando una macabra sonrisa – estaba pensando en otra cosa.
Garin la miró y enarcó las cejas.
- ¿Una salchicha? – preguntó pícaramente.
- ¡Garin! – se quejó ella. - ¿En serio eres capaz de sacarle el segundo sentido a la mitad de las frases que escuchas?
- A más de la mitad – sonrió él.
Naharwyn rodó los ojos y sacudió la cabeza, obviando el comentario.
- Ya que tú has elegido la bebida, me toca a mí elegir la comida – dijo ella.
- Me parece correcto.
La chica se separó de la pared, pero las piernas le temblaban un poco.
- ¿Me ayudas a ir hasta la moto? – le preguntó a Garin.
- Claro – aceptó este. - ¿En brazos? – Levantó las cejas.
La peliazul puso los ojos en blanco.
- No. Andando.
Garin chasqueó la lengua.
- ¿No decías que eras un caballero? – lo picó ella.
Garin ladeó la cabeza y sonrió. Se acercó a Naharwyn, y esta temió por un instante que de verdad fuera a tomarla en brazos. Pero el rubio únicamente la tomó de la cintura y la ayudó a caminar de vuelta a la moto y a sentarse en la parte de atrás del asiento.
- Gracias – le dijo ella, con una sonrisa agradecida.
Él le tendió un casco.
- Aún queda mucha noche por delante.
Naharwyn solo sonrió, negando con la cabeza, y se puso el casco. Garin se puso el suyo, se subió a la Harley, la arrancó y ambos se pusieron en marcha. Naharwyn fue indicándole a Garin el caminó hacia el lugar al que quería llevarle, pero sin darle pistas sobre qué tipo de restaurante era. Volvieron de nuevo hacia el centro de GreenHills, y luego enfilaron hacia la playa, pero en vez de avanzar por la avenida principal, Naharwyn le hizo callejear, hasta que finalmente aparcaron en una pequeña callejuela iluminada por el cartel de un restaurante asiático en letras chinas de color azul y blanco, junto al dibujo de una ballena y de la única palabra que podían entender: “sushi”.
- ¿Por qué no me sorprende? – fue lo primero que dijo Garin al quitarse el casco y contemplar el establecimiento.
Ayudó a Naharwyn a bajar de la moto y entraron dentro del restaurante. Estaba casi vacío, a excepción de una pareja y de un par de amigas que estaban demasiado ocupadas sacando fotos a su comida como para hablar entre ellas. El restaurante no tenía nada de especial, ni siquiera parecía el típico restaurante chino: el suelo era de linóleo blanco y azul, las ventanas estaban decoradas con símbolos chinos traslúcidos pegados a los cristales, había un pequeño acuario al fondo, un gato chino dorado sobre el mostrador del bar y un par de biombos que separaban unas mesas de otras. Una mujer oriental –Garin no supo distinguir si era china, japonesa o coreana- se les acercó con una sonrisa.
- Konbawa, Neiss-san – saludó, a lo que Naharwyn respondió con un simpático “hola”. – Amigo, ¿huh? – preguntó, señalando a Garin, con un inglés bastante penoso.
- Sí – respondió Naharwyn.
La mujer asintió, contenta. Les conminó a seguirla y les llevó hasta una pequeña mesa para dos junto a la ventana. Cuando los muchachos se sentaron en las sillas de metal, la mujer fue a darles los menús, pero Naharwyn negó.
- Ya sabemos lo que vamos a pedir – le informó.
- ¿Ah, sí? – preguntó Garin.
Naharwyn le sonrió misteriosamente, de la misma forma que él lo había hecho antes, dejando claro que tenía pensada una sorpresita para él. El rubio se puso nervioso de repente. La camarera sonrió, esperando que Naharwyn le diera la orden.
- Fugu – pidió. – Individual.
La mujer pareció sorprenderse.
- ¿Fugu? – repitió.
Naharwyn asintió.
- Quiero que mi amigo lo pruebe.
- ¿No antes? – preguntó la mujer. - ¿Primera vez?
Garin arrugó la frente. ¿Primera vez de qué? El muchacho pasaba la mirada de una a otra, sin entender nada, y no tenía nada que ver con que la mujer hablara u inglés malísimo.
- Sí – respondió Naharwyn.
La china miró a Garin un instante y luego asintió, sonriente. Tomó los menús y se marchó hacia la cocina.
- Vale, ¿qué es el fugu? – preguntó Garin, sin andarse con rodeos.
- Pescado – respondió Naharwyn, tranquilamente.
- ¿Crudo?
- Es sushi – volvió a contestar su amiga.
- ¿Está bueno?
- El sushi siempre está bueno, Garin.
Garin la miró con los ojos entrecerrados. Estaba claro que Naharwyn le estaba ocultando algo, y eso le ponía nervioso.
- ¿Dónde está la trampa? – preguntó.
- No hay ninguna trampa – respondió ella. – Simplemente te he traído a mi restaurante favorito a cenar.
El muchacho arrugó la frente. Naharwyn parecía tan tranquila… Demasiado. Y si había aprendido a conocerla –y más después de lo ocurrido en el bar hacía un rato- algo le decía que era mejor no fiarse de las apariencias. La mujer asiática regresó trayéndoles unos vasos de agua con hielo y unos palillos a cada uno. Durante el tiempo de espera antes de que les sacaran la comida, Garin no dejó de observarla inquisidoramente, tratando de averiguar qué escondería.
Al cabo de diez minutos, la mujer china regresó con un pequeño platillo con dos raciones de sushi y lo dejo sobre la mesa, en medio de los dos.
- Itadakimasu – les dijo.
Naharwyn le agradeció con una inclinación de cabeza. La mujer sonrió, les contempló a uno y a otro, parándose más tiempo en Garin, y luego volvió detrás de la barra, desde donde se quedó mirándoles. Garin observó la comida con detenimiento. Eran dos porciones de sushi del tamaño de su dedo pulgar, formadas por una bola compacta y aplastada de arroz blanco y el famoso fugu, una carne de pescado de color blanquecino, casi transparente. Las porciones estaban decoradas con una rama retorcida de cebollino y un par de brotes de soja. Al lado de ambas porciones, había un pequeño cuenquito con una pasta verde que Garin no supo identificar. El mayor miró a la pequeña, a la espera. Pero ella no se movió.
- Déjame adivinar… - empezó Garin. – Ambos son para mí.
Naharwyn sonrió y, por toda respuesta, separó sus palillos y se los ofreció. Garin suspiró, los tomó y trató de colocarlos correctamente en su mano, pero sin conseguirlo. Naharwyn trató de enseñarle, tomándolos ella misma, explicándole cómo debía sujetarlos para evitar que se le resbalaran, pero cuando el chico por fin consiguió que no se le cayeran, le fue imposible tomar la comida por ellos, por lo que tuvo que acabar pidiendo un tenedor.
- Ten en cuenta que el sushi no sabe igual cuando lo comes con tenedor – le indicó Naharwyn.
- ¿Quieres darme de comer a la boca? – preguntó él.
Naharwyn se rió y cogió los palillos.
- Veamos ahora qué aguante tienes tú.
Y señaló la pasta verde.
- Esto es wasabi – explicó.
- ¡Ah! El famoso wasabi – comentó Garin. - He oído hablar de él. Es picante, ¿verdad?
- Muy picante – puntualizó la peliazul.
Garin mojó la punta del tenedor en la pasta, pero cuando fue a probarlo, Naharwyn le dio un manotazo, impidiéndoselo. El rubio la miró, sorprendido.
- ¿Qué haces? – preguntó ella.
- Eso digo yo. ¿Qué haces? – se quejó él, sacudiendo la mano en la que Naharwyn le había pegado. – Solo iba a probarlo.
- ¿Acaso he probado yo el tumbador? – inquirió ella. – No. De golpe. O todo o nada.
Garin levantó las cejas, pero Naharwyn tenía razón. Ella no había dado ningún sorbito de prueba a su chupito explosivo, se lo había tomado de golpe, sin cuestionarse, y había afrontado las consecuencias. Él debía hacer lo mismo. Cogió el tenedor y, esta vez, tomó una buena cantidad de wasabi y, siguiendo la explicación de Naharwyn, lo colocó entre el fugu y el arroz. Luego, Naharwyn tomó la porción de sushi con sus palillos y lo acercó a Garin.
- Que viene el avión… - bromeó.
Garin abrió la boca y la chica introdujo la comida en ella. Luego, observó a su acompañante comer. Garin masticó costosamente, debido a que el arroz estaba bastante compacto. El fugu tenía un fuerte sabor a mar, y la textura babosa se le hacía un poco desagradable, pero no notó ningún picor, solo un cierto toque mentolado.
- No pica – comentó, todavía masticando.
Naharwyn solo sonrió.
Entonces, de repente, como si hubiera seguido una orden mental de su compañera, un fuerte sabor le inundó la boca. Era picante, pero no era como ningún picante que hubiera tomado hasta el momento. Sabía como a menta, y no se quedó en su garganta, o en su lengua, sino que se coló por su laringe hasta la nariz, en una sensación muy desagradable. Garin tomó aire por la boca, por la nariz, haciendo aspavientos tratando de hacer desaparecer la sensación, pero sin conseguirlo. Sentía que se ahogaba pero, al mismo tiempo, notaba todo el aire entrándole por la nariz, como si acabara de chutarse spry nasal. Naharwyn estalló en carcajadas.
- Ahora sí pica, ¿verdad?
Garin tomó aire por la boca, tratando de enfriarla.
- Cabrona – dijo únicamente.
- Pues aún te queda el otro trozo – le recordó ella.
Garin le lanzó una mirada furibunda, pero Naharwyn le sonrió.
- No hace falta que le pongas wasabi si no quieres.
- ¿No se supone que tenía que aguantar el picante del wasabi? – preguntó Garin, y dio un largo trago de agua.
- Yo nunca te he dicho que tuvieras que ponerle wasabi. Eso ha sido cosa tuya.
- ¿Dónde estaba la gracia si no?
La sonrisa de Naharwyn se volvió enigmática.
- En el fugu.
Garin arrugó la frente.
- El fugu no es un pescado cualquiera – explicó Naharwyn. – El fugu es el pez globo, uno de los peces más peligrosos del mundo. Si no se prepara correctamente, comerlo puede resultar mortalmente venenoso.
Garin, que había estado jugando con los palillos, se quedó parado. Los palillos cayeron sobre la mesa al tiempo que el color abandonaba su rostro. Naharwyn le miraba con rostro sereno, sin una pizca de burla en la cara.
- Es broma, ¿no? Me tomas el pelo.
Por toda respuesta, Naharwyn cogió su Android, se metió a Wikipedia, tecleó “fugu” y mostró el contenido a Garin. Este, conforme iba leyendo, sentía cómo se iba poniendo blanco: “El fugu contiene cantidades letales de tetrodoxotina. El veneno paraliza los músculos mientras la víctima permanece totalmente consciente y finalmente muere por asfixia”. El joven levantó la mirada, cargada de temor, hacia su compañera.
- ¿Qué? ¿Hay huevos a comerse el otro trozo? – lo retó ella.
- ¿Me has envenenado? – exigió saber él, por toda respuesta.
- Solo he dejado el listón muy alto.
Garin abrió la boca como un buzón. Jamás hubiera pensado que Naharwyn fuera a llegar tan lejos de hacerle comer algo que pudiera matarle. Lo máximo que el tumbador hubiera podido hacerle a ella era vomitar el ponche de pera.
- Yo solo trataba de emborracharte, ¿y tú me has envenenado?
- ¿No te fías del chef? – preguntó Naharwyn, y cada vez le era más difícil contenerse la risa.
Garin señaló el restaurante con un movimiento del brazo.
- Pero si esto es un antro.
Naharwyn asintió.
- Y si sigues leyendo, - lo conminó Naharwyn, señalando el móvil, todavía en manos de Gárin - verás que el fugu es un plato exótico y súper caro. ¿De verdad crees que lo servirían aquí?
Garin al principio no respondió. Miró la pantalla del teléfono y, con el dedo, fue bajando el artículo de Wikipedia hasta que llegó a la parte que corroboraba las palabras de Naharwyn. La miró, y luego miró la porción de sushi que quedaba.
- Entonces, ¿qué es lo que me acabo de comer?
- Pez mantequilla, probablemente – contestó Naharwyn, encogiéndose de hombros.
Garin pasó la vista del sushi a la camarera asiática, que los miraba con una sonrisa en la cara.
- Pero…, a la camarera le has pedido fugu.
- No es la primera vez que le hago esta broma a alguien – respondió Naharwyn, con una risa. - Cuando Marisa se enteró, casi me mata.
- ¡Y con razón! – exclamó Garin, dejando el teléfono encima de la mesa. - ¡No ha tenido gracia!
- ¿Qué no qué? – repuso ella, estallando en carcajadas. – Tenías que haberte visto la cara de acojonado que se te ha quedado.
Garin frunció el ceño y se puso de morros, acrecentando la risa de Naharwyn. Al principio, Garin se sentía ofendido, pero la risa cantarina de Naharwyn tenía un efecto apaciguador en él. Y, al fin y al cabo, la chica tenía derecho a vengarse, aunque la broma no hubiera sido de buen gusto. Pero, conforme la escuchaba reírse, pensó que, en realidad, no había sido tan horrible. Había sufrido por el picante del wasabi, por lo que había recibido su castigo correspondiente al primer tumbador, y después el susto por creer haber comido un pescado que podía matarle. Tenía que reconocerlo. Naharwyn había jugado muy bien sus cartas. Eso demostraba que no solo era guapa y fuerte, si no también muy lista y ocurrente. Le gustaba. Su amiga fue dejando de reírse progresivamente, e incluso tuvo que limpiarse una lágrima.
- Ay, me duele la tripa de reírme – confesó, apretándose el estómago.
Garin frunció el ceño.
- ¿Te has quedado a gusto? – preguntó, con tono molesto.
Naharwyn se sorprendió.
- ¿De verdad te has enfadado? – preguntó, preocupada de repente.
Creía que conocía a Garin lo suficiente como para haber pensado que una broma así no le molestaría. Pero tampoco había sido su intención hacerlo enfadar. Era la última cosa que querría.
- ¿Tú que crees? – respondió el rubio, frunciendo el ceño.
Naharwyn le contempló. No estaba acostumbrada a verlo con un rostro ceñudo y molesto; siempre lo había conocido con una expresión despreocupada, sonriente, agradable. Sintió una presión en el pecho, y estuvo a punto de pedirle perdón cuando se fijó en que le temblaban las comisuras de los labios e incluso el propio ceño. Entonces se dio cuenta de que le estaba tomando el pelo.
- ¡Imbécil! – exclamó, lanzándole una servilleta de papel hecha una pelota
Garin se rió.
- ¿A qué no sienta bien? – se defendió el chico.
- ¡Pensaba que te habías enfadado, idiota! – volvió a quejarse ella.
- Creo que el blanco de los insultos no debería ser yo.
- ¡No me des esos sustos!
Garin soltó una carcajada.
- ¿Qué no te de esos sustos? – Se rió. – Tiene gracia que seas tú la que lo dice.
Naharwyn le miró con los ojos entrecerrados. Garin había vuelto a hacerlo. Se la había devuelto. La peliazul apretó los labios, se levantó de la silla y trató de golpearle. Garin se echó hacia atrás en la silla y levantó los brazos, en ademán pacificador.
- Violencia en lugar público – bromeó él. – Presencia de testigos y agravante por intento de envenenamiento.
- ¡Tu cara voy a agravar yo! – se quejó la muchacha.
Y se inclinó sobre la mesa, y alcanzó a golpearle en uno de sus brazos. Garin se reía y detuvo a Naharwyn agarrándola de las muñecas.
- Propongo una tregua.
Su amiga ladeó la cabeza.
- ¿Qué clase de tregua?
- Una tregua del plan dejar de putearnos y pasarlo bien.
- Yo me lo estoy pasando bien – aseguró ella, y trató de soltarse y seguir golpeándole.
Garin se rió e hizo más fuerza, sujetándola.
- ¿Tratas de envenenarme y encima soy yo el que recibe los golpes? Algo en tu cabeza no funciona muy bien, sirenita.
- Y tú trataste de emborracharme – se defendió ella. – De hecho, creo que ya estoy borracha – confesó.
- Ahí tienes la respuesta.
Naharwyn dejó de forcejear y volvió a sentarse en la silla. Lo cierto es que la cabeza le daba vueltas. Había empezado a darle vueltas desde el ataque de risa. Ya había pasado un rato desde que se había tomado los dos tumbadores y, dado que no había cenado, estos ya le habían empezado a hacer efecto. Señaló la porción de sushi que quedaba.
- ¿Puedo comérmelo? – le preguntó a Garin.
- Por favor – accedió él, acercándole el platillo.
Naharwyn tomó los palillos, cogió el trozo de sushi y se lo comió.
- ¿Sin wasabi? – preguntó Garin.
- Sin wasabi – respondió ella, con la boca llena.
Le hubiera sacado la lengua, pero no pudo. Masticó con cuidado el arroz y el pescado, ante la mirada de Garin, y se lo tragó. Luego, abrió el bolso y sacó un billete de diez, pero Garin la detuvo.
- Ya pago yo.
- Pero tú pagaste los tumbadores.
- Considéralo mi disculpa por haberte asustado.
Naharwyn le miró, y Garin le sonrió. En cualquier otra situación, ella hubiera seguido insistiendo, pero el detalle de Garin la hizo sentirse bien y, todo sea dicho, la cabeza le daba demasiadas vueltas como para rebatir. El muchacho pagó a la camarera, quien le pidió disculpas por la broma, a lo que Garin respondió que no había sido nada. Luego, ayudó a Naharwyn a mantenerse de pie, pues, al levantarse, la peliazul comprobó que, efectivamente, estaba un poco borracha.
- ¿Te llevo en brazos? – se ofreció Garin, por enésima vez en toda la noche.
- No – negó Naharwyn.
- ¿Seguro? – insistió él. – No quiero que te tuerzas un tobillo.
- Tengo una idea mejor…
Dicho esto, la peliazul volvió a sentarse en la silla, se remangó el bajo del vestido y, ante la mirada estupefacta de Garin, se quitó las sandalias. Cuando volvió a levantarse, era un palmo más bajita que antes.
- Eso es trampa – dijo él.
- Son factores propicios – respondió ella, citando lo que el propio Garin había dicho en el bar.
El joven tuvo que admitir que era una buena respuesta. La chica volvió a levantarse y, descalza, con los tacones en la mano y arrastrando el bajo del vestido, salió del restaurante seguida de Garin.
- ¿Dónde vamos ahora? – preguntó, una vez llegaron junto a la moto.
Garin se quedó pensativo unos instantes. Luego, miró el reloj en su móvil de la época de los dinosaurios y se le ocurrió una idea.
- Creo que sé dónde.
- ¿Dónde?
- ¿No te fías de mí?
- Me has emborrachado – Fue la única respuesta de ella.
- Y tú has tratado de envenenarme, y aun así confío en ti – repuso él.
- ¡No he tratado de…! – empezó ella, pero prefirió dejarlo estar.
Garin la miró, con las cejas levantadas.
- ¿Tregua?
Naharwyn suspiró.
- Tregua.
El rubio sonrió, contento. Se puso el casco, se sentó en la moto y ambos se pusieron en camino. Avanzaron por las calles, pero nuevamente Garin la llevó hacia las afueras, en dirección al aeropuerto, tomando la autopista. Naharwyn empezó a preguntarse si pensaba llevarla a algún otro antro de carretera, o incluso a otra ciudad. Y también se fijó que Garin conducía más rápido que antes, como si tuviera prisa. La joven se pegó más a su espalda, y se abrazó mejor a la cintura de su compañero, quien, lejos de sentirse agobiado, agradeció el calor que le proporcionaba Naharwyn y sonrió al notar su pecho contra su espalda, consciente de que ella no podía verle la cara.
La moto pronto se salió de la autopista por una carretera secundaria y, al poco rato, también abandonó la carretera para meterse por un camino de tierra. Finalmente, llegaron a puerta de metal que les impedía seguir avanzando. La luz de la moto era lo único que les alumbraba. Garin paró el motor, se quitó el casco y se apresuró a ir hacia la valla. Naharwyn se quitó también su casco, aunque no se bajó de la moto.
- ¿Esto es una propiedad privada? – preguntó, curiosa.
- Sí y no – respondió Garin, al tiempo que quitaba la cadena que mantenía la puerta cerrada.
- ¿No nos meteremos en líos si traspasamos la valla?
- Nadie nos verá – aseguró él.
- ¿Cómo estás tan seguro?
- Ya he venido aquí antes.
- ¿Con otras chicas? – preguntó ella.
- ¿De verdad quieres saberlo? – preguntó a su vez él.
Naharwyn torció la boca.
- En realidad, no.
El rubio sonrió. Terminó de quitar la cadena, la dejo caer junto a la puerta y la abrió. Luego, le hizo una señal a Naharwyn para que se acercara.
- ¡Venga, queda poco tiempo! – la apresuró.
- ¿Poco tiempo para qué? – preguntó ella, bajándose de la moto lo más rápido que podía.
Por suerte, el paseo en moto y el azote del viento había hecho desaparecer el dolor de cabeza y gran parte de la borrachera. Cuando posó sus pies descalzos en el suelo, se recogió el bajo del vestido y se hizo un nudo, aunque ya le daba igual si se lo manchaba o no. Fue junto a Garin, quién activó la linterna de su móvil y avanzó primero, guiándola por el camino. Este descendía una empinada ladera, llena de hierbajos. Naharwyn no podía evitar que algunos se le clavaran en las plantas de los pies, pero no era peor que las conchas de Mayhem Bay en los días de marejada. Naharwyn posó una mano en uno de los hombros de Garin, quien, al ir delante de ella y ser más alto, la ayudaba a no perder el equilibrio. La chica se preguntó si la estaba llevando a orillas de algún río, pero no recordaba que ningún río pasara por aquel lugar. Aunque tampoco estaba segura de dónde estaban. Pero confiaba en Garin.
Al cabo de casi dos minutos de descender, vieron otra valla, que delimitaba un terreno que volvía a ascender. Garin empezó a caminar siguiendo la valla, sin decir nada, y Naharwyn le siguió, también en silencio, cada vez más ansiosa de saber dónde la estaba llevando. Por lo que veía, en ese lugar no había nada. Solo terreno seco y vallas de metal. A lo lejos, se veía la autopista, pero no había ni rastro de ningún edificio. Siguieron avanzando junto a la valla, hasta que llegaron a la altura de un cartel que rezaba “Peligro. No traspasar.”
- Aquí es – informó Garin, iluminando el cartel con la linterna.
Naharwyn miró el cartel y luego los alrededores. No había nada.
- ¿Estás seguro? – preguntó, girándose hacia él.
Pero no lo vio, porque su amigo se había sentado en el suelo, palpando el lugar a su lado para que ella se sentara junto a él. La muchacha obedeció, completamente intrigada. Garin miró de nuevo el reloj de su teléfono.
- Se está retrasando – comentó.
- ¿Quién? – preguntó Naharwyn.
Garin no respondió. Se guardó el teléfono y se puso más cómodo sobre la hierba.
- Bueno, habrá que hacer tiempo... ¿Nos liamos?
Naharwyn abrió los ojos como platos.
- ¿Qué?
Garin se rió y sacó el paquete de cigarrillos.
- Es broma. Aunque si quieres…
- ¡No! – exclamó ella.
Garin soltó una carcajada al tiempo que se encendía un cigarro, pero Naharwyn se quedó pensativa. La respuesta le había salido automáticamente, pero lo cierto es que no estaba muy segura de pensarlo. Obviamente, no iba a darse el lote con Garin así porque sí en un descampado en medio de la nada, pero el comentario le hizo pensar en si, en algún momento de la noche, debería besarle. En si querría besarle. Porque había habido un momento, mientras bailaban en el instituto, en el que había estado tentada de hacerlo.
Y no era la única que lo pensaba.
Entonces, de repente, algo los sacó a ambos de sus pensamientos. Era un ruido fuerte y grave, como un generador de energía gigante. Naharwyn se incorporó sobresaltada y miró alrededor, asustada, pero no vio nada.
- ¿Qué es eso? – preguntó.
Garin sonrió, se puso de pie y le ofreció la mano a Naharwyn. Esta la tomó, sin saber muy bien qué pasaba, con la creencia de que iban a abandonar el lugar. Pero, en lugar de eso, Garin se quedó parado en el sitio. La chica no entendía nada. El ruido se iba incrementando, como si se acercara.
- Gárin, ¿qué es ese ruido? – volvió a preguntar ella, alzando la voz para hacerse oír por encima del estruendo.
- Enseguida lo vas a ver – respondió él, de igual forma.
La peliazul volvió a mirar en todas direcciones hasta toparse con la valla. Parecía que el ruido venía del interior del recinto, cosa que tenía sentido, pues el cartel rezaba “peligro. No traspasar.” Pero, ¿qué diablos era ese ruido tan ensordecedor? Parecía incluso que la tierra temblaba. Era como un turbina, un motor gigante, y cada vez se oía más fuerte y más cerca. Sonaba como… un avión.
- No vale agacharse – dijo Garin, prácticamente gritando ya, pues no había otra forma de hacerse oír por encima del ruido.
Naharwyn le miró, con intención de preguntar a qué se refería, pero la respuesta vino casi por sí sola. De repente, unas potentes luces iluminaron la parte de arriba de la colina al otro lado de la valla y, medio segundo después, una inmensa mole de fuselaje, alas de varios metros, luces cegadoras pasó por encima de sus cabezas, tan cerca que le fue prácticamente imposible no agacharse, acompañada de un estruendo tan estruendo tan atronador que el único motivo por el que no se tapó los oídos fue porque se había llevado inconscientemente las manos a la cabeza. Una fuerte ráfaga de aire los sacudió, haciéndole perder un poco el equilibrio y agitando su larga melena y su vestido, al igual que las puntas del cabello de Garin y su corbata. El chico dio un grito de alegría al tiempo que levantaba los brazos, despidiendo al avión que se elevó a los pocos metros. Cuando ya estaba lo suficientemente lejos, se volvió hacia su amiga.
- Ahí tienes tu respuesta – dijo con una sonrisa, señalando con del dedo pulgar al avión a sus espaldas. – El vuelo de las 22:15 hacia San Francisco.
Naharwyn no pudo contestar. Todavía tenía la adrenalina en el cuerpo. El corazón le latía a mil por hora, tenía un fuerte pitido en los oídos y el pelo revuelto y lleno de hierbajos secos. Jadeaba, tratando de calmarse. Jamás había vivido nada así, ni nada parecido. Un avión de 400 toneladas acababa de pasarle a pocos metros sobre la cabeza, haciendo temblar la tierra bajo sus pies y disparándole la adrenalina de una forma que nunca antes había sentido.
- Nahar, ¿estás bien? – preguntó Garin, preocupado, acercándose a ella.
La chica tardó un poco en recuperarse pero, cuando lo hizo, soltó un grito.
- ¡Woah! ¡Ha sido una pasada!
El rubio sonrió, contento.
- Creía que te había dado una embolia o algo.
Naharwyn se sacudió todo el cuerpo, tratando de bajar su nivel de adrenalina. Agitó los brazos y las manos, mientras seguía soltando pequeños grititos. Garin se reía. La chica se volvió hacia él.
- ¿Cómo descubriste este sitio?
- Un día iba con una amiga en la moto y nos entró un calentón – explicó Garin. – Nos topamos con este sitio y nuestro amigo alado nos interrumpió en pleno apogeo sexual.
Naharwyn se lo quedó mirando.
- ¿En serio?
Garin dudó. No podía contarle que en realidad lo había descubierto huyendo de la policía tras una carrera de motos especialmente ruidosa y molesta.
- Dejaré que te quedes con la duda – respondió únicamente.
Naharwyn le sacó la lengua y se volvió hacia la valla. Intentó atisbar algo en lo alto de la colina, pero solo se distinguía un pequeño resplandor de las luces de la pista de aterrizaje, según pensó.
- ¿Cuándo despega el siguiente? – preguntó.
- No tengo ni idea – confesó él. – Pero tampoco es prudente que nos quedemos aquí mucho rato.
- ¿Por qué?
Garin la miró.
- Una adolescente hermosa como tú, a solas con un adulto, en un descampado, medio borracha. Es una oportunidad perfecta y no sé cuánto tiempo podré contenerme – bromeó él.
Naharwyn se lo quedó mirando.
- ¿A solas con un “qué”? – bromeó ella a su vez.
Garin soltó una risotada.
- Gracias por lo que me toca – dijo entre risas.
- Gracias por tenerme ganas – respondió ella, a su vez.
Garin siguió riéndose por disimular, porque lo cierto era, y ya no podía auto engañarse más, que sí le tenía ganas. Pero no iba a hacer nada. No sabía cuáles eran las intenciones de Naharwyn y no quería ponerla incómoda, ni mucho menos asustarla. Lo estaban pasando genial y no quería cagarla. Se limitaría a actuar como un caballero.
En ese momento, el rubio recibió una llamada a su móvil. Era Jonathan, seguramente para preguntarle cuándo pensaba regresar a casa. Naharwyn sacó su móvil para mirar la hora, y entonces vio que tenía casi veinte whatsapps de Marisa:
“Donde estas fea?” 8.06pm
“Nahar, te he buscado por todo el gym. Estás afuera?” 8.33pm
“Nahar!” 8.41pm
“Contesta al teléfono” 8.42pm
“Nahar, contéstame maldita!” 8.50pm
“Shiala me ha dicho que te has ido con Garin. Vais a volver?” 8.58pm
“Killian, dónde está mi amiga?!” 9.24pm
“No os lo estaréis montando, verdad?” 9.36pm
“Nahar, no sé qué mierda estás haciendo que ni tú ni Garin me contestáis al puto teléfono” 9.58pm
“Jason va a llevarme a casa y Virgilio y Andre también se van” 10.00pm
“Ya me dirás si estás viva” 10.01pm
Varios emoticonos de caritas enfadadas en color amarillo y rojo salpicaban los whatsapps. La animadora se sintió un poco mal al ver once llamadas perdidas de su amiga –y podría jurar que Garin tendría otras tantas-, por lo que activó el teclado y le contestó:
“Garin y yo nos habíamos ido por ahí” 10.31pm
“Tenía el móvil en silencio” 10.31pm
“Sorry por preocuparte”10.31pm
Se quedó un instante parada, pero finalmente escribió una frase más.
“Espero que lo hayas pasado bien con Jason” 10.32pm
Poco tardó en recibir la respuesta de su amiga.
“Pero os habéis liado o no?” 10.33pm
Naharwyn escribió.
“No” 10.33pm
El siguiente mensaje de Marisa no se hizo esperar.
“Pero tú quieres?” 10.34pm
Naharwyn se quedó mirando el mensaje unos segundos, y luego levantó la vista hacia Garin. El chico caminaba en círculos por la hierba seca, hablando con su tutor mientras se terminaba de fumar el cigarrillo, medio riéndose, asegurándole que tanto él como ella estaban bien, y que no tardaría en llevar a su pareja a casa y regresar a la suya. A pesar de la oscuridad, Naharwyn podía distinguir los rasgos faciales de Garin a la perfección, como si ya los tuviera mentalizados. El viento nocturno le agitaba las puntas del cabello y la corbata, que caía abierta de su cuello. Inconscientemente, se abrazó a sí misma, inspirando el aroma de la americana, el aroma de Garin.
“Sí” 10.37pm
¡No podía creerlo! Por fin lo había confesado, aunque fuera a través de whatsapp a Marisa. O quizás lo que necesitaba era que alguien se lo preguntase directamente. Al principio de la noche, tenía pocas esperanzas de pasárselo bien, mucho más después de saber quiénes eran las parejas de sus amigos, pero Garin había conseguido que se le olvidara el hecho de que sus mejores amigos estuvieran saliendo con sus peores enemigos. Y ya desde hace tiempo, Garin se había convertido en alguien especial. No era como Virgilio o Dalahir, por quienes sentía un cariño muy fuerte. No. Garin tenía algo más. Ese punto pícaro, esa personalidad amable, esa atracción que la había seducido desde incluso antes de conocerle, cuando solo era una historia, una leyenda en labios de Marisa. Y ahora, después de conocerle, después de hablar con él, después de ver su preocupación, después de que le guardara su secreto, de que la ayudara con sus malos momentos, de que la animara, se daba cuenta de que lo que sentía por Garin era más que amistad. Y tampoco podía mentirse a sí misma: Garin era muy guapo.
Sí, Garin le gustaba. Sí, quería besarle. Sí, quería que fuera “algo más”. Pero no podía decírselo.
“Pues díselo!” 10.38pm
Nada más leer el último mensaje de Marisa, Naharwyn sacudió la cabeza y cerró la conversación. No podía decírselo. Garin no era la clase de persona que buscaba el compromiso. No era hombre de una sola mujer. Eso lo tenía claro, incluso desde antes de conocerle. Su historial estaba muy alto y, desde luego, nunca se fijaría en una malhumorada chica de metro sesenta, con el pelo azul, animadora y virgen.
Garin colgó el teléfono, y la peliazul le miró, tratando de que no se le notaran los nervios. De repente, el ser consciente de lo que sentía por su pareja de homecoming le había puesto un poco tensa.
- Creo que deberíamos regresar – le dijo Garin, poniéndole la mano en el hombro.
En ese momento, Naharwyn entendió por qué se había puesto tan nerviosa y, al mismo tiempo, tan contenta cuando Garin la había tomado de la cintura y de la mano a lo largo de la noche. Intentó que no le temblara el cuerpo ni la voz cuando respondió:
- Sí, opino igual.
La peliazul se levantó, se sacudió las hierbas secas del vestido y emprendió el camino detrás de Garin, que volvía a encabezar la marcha iluminando el sendero con la linterna del móvil, tomando a Naharwyn de la mano y sin soltarla, haciendo que la chica notara cómo los latidos de su corazón palpitaban con fuerza en dicha mano, rezando para que no le empezara a sudar.
Al cabo de un rato, regresaron junto a la valla, al otro lado de la cual descansaba la Harley y, casi media hora más tarde, Garin apagaba el motor de la misma delante de la casa de Naharwyn. Por enésima vez a lo largo de la noche, la chica se apeó y se quitó el casco, devolviéndolo a su dueño. El pelo ya había perdido su alisado y se le encrespaba un poco, el bajo del vestido estaba manchado de tierra y había perdido un pendiente, pero todo había valido la pena. Había pasado una noche espectacular con Garin, se lo había pasado genial y no quería que acabara. Pero se encontró caminando hacia el porche de su casa, balanceando las sandalias junto a su cuerpo con la mano izquierda como un péndulo y buscando las llaves con la otra mano, planteándose sobre lo que debería hacer. ¿Debería invitar a Garin a entrar? ¿Si lo hacía, Garin lo entendería con segundas intenciones? ¿Debía besarle? Al fin y al cabo, habían ido juntos al baile de bienvenida, se habían arreglado, habían bailado juntos y agarraditos y después se habían ido a hacer locuras… solos en mitad de la noche. No podía evitar pensar que puede que Garin estuviera esperando algo más…
Iba caminando distraída, rebuscando en el bolso, cuando de repente sintió un dolor acuciante en el pie, y notó cómo algo afilado le rasgaba la planta del pie. Dejó escapar un chillido de dolor, sobresaltando a Garin, soltó las sandalias de tacón y levantó el pie, llevándose la mano a la herida. Comprobó entonces que se había clavado un cristal, y de la herida manaba sangre.
- ¡Mierda! – exclamó.
Garin se acercó preocupado y la tomó de un hombro, ayudándola a mantener el equilibrio. Luego se agachó un poco para examinar la herida a la luz de los faros de la moto. El cristal no era demasiado grande, pero parte de él se había introducido en la carne.
- Uf, qué mala pinta – comentó.
Tenía la planta del pie prácticamente negra por haber andado descalza la mitad de la noche, por lo que era casi seguro que la herida se le iba a infectar si no la curaban.
- Te voy a sacar el cristal, ¿vale? – le informó él.
Ella asintió y se agarró a él para tener mejor apoyo. Prefería no mirar. Garin tomó con cuidado el cristal con los dedos índice y corazón y tiró de él con suavidad para sacarlo. Naharwyn dejó salir el aire entre los dientes, apretando los dientes con fuerza y clavando las yemas de los dedos en el omóplato de Garin. Notó cómo el cristal salía, dejando tras de sí una estela de dolor, y notaba la sangre cayendo por su pie. El chico lanzó el cristal a una alcantarilla y se volvió hacia la chica, que bajó el pie sin llegar a apoyarlo.
- Eso te pasa por ir descalza – bromeó él.
La peliazul le lanzó una mirada furibunda, aunque en parte tenía razón.
- Parece ser que, al final, acabaré llevándote en brazos a pesar de todo – sonrió él.
Ella levantó el dedo índice.
- No.
Bajó más el pie y, con cuidado, lo apoyó en el asfalto. Eso en sí no le supuso un gran dolor. Pero, cuando fue a apoyar el pie para dar un paso, vio las estrellas y estuvo a punto de perder el equilibrio.
- En serio, Nahar, se te va a infectar la herida.
La chica hizo oídos sordos. Volvió a intentarlo, pero falló. Un dolor agudo le recorrió desde el puente del pie hasta la pantorilla y perdió el equilibrio, pero Garin la sujetó a tiempo.
- Dios Nahar, ¿por qué eres tan cabezona? – la reprendió el chico, y esta vez su tono no era de burla.
Naharwyn lo miró, sin entender muy bien su reacción.
- Quiero ganar mi apuesta.
- Está bien – repuso Garin, como si estuviera molesto. - Pues espera aquí sentada, llamaré a tu hermano y que sea él el que te lleve en brazos. Pero deja de intentar andar, por favor.
De repente, Naharwyn se sintió como una niña de ocho años. Es verdad que estaba siendo cabezona cuando, realmente, no le importaba perder la apuesta. Pero su carácter orgulloso le impedía dejarse ganar. Garin la hizo sentarse en el bordillo de la acera, con el pie herido en alto, le trajo las sandalias de tacón y luego avanzó hacia la casa de Naharwyn.
- De verdad, ¿tan malo sería tener una cita conmigo? – se iba quejando Garin mientras caminaba por el sendero. - ¿Qué pasa? ¿Qué no te lo has pasado bien esta noche?
Tampoco quería perder porque eso sería afirmar que quería pasar más tiempo con él, tener una cita con él. Y le daba miedo que él lo supiera, por lo que pudiera pensar.
- No sé, a mí no me parece tan horrible… - seguía rezongando Garin, que ya había llegado a las escaleras y empezaba a subirlas. – Yo lo he pasado genial y quiero tener otra cita contigo. – El chico ya estaba prácticamente delante de la puerta. – Pero ya me ha quedado claro que tú no. – Levantó la mano, listo para llamar al timbre.
Naharwyn sintió como si le dieran una bofetada y despertara de su brote testarudo.
- ¡Garin! – llamó ella.
- ¿Qué?
- Ven
- ¿Qué quieres? – preguntó él, todavía con el brazo levantado.
- ¡Ven! – insistió ella.
El chico suspiró, bajó el brazo y regresó junto a ella. Cuando se paró frente a ella, la chica le miró desde el suelo. Sentada en la acera como estaba, Garin lucía el doble de alto y de ancho de lo que era, por lo que se sintió más pequeña e insignificante que nunca cuando habló:
- Llévame en brazos.
- ¿Disculpa?
- Que me lleves en brazos – repitió ella, molesta y avergonzada a partes iguales por tener que pedírselo y, encima, repetirlo.
El chico, lejos de obedecer, cruzó los brazos sobre su pecho.
- ¿Por qué?
- Porque me duele el pie y no puedo andar.
- ¿Y la apuesta?
- Me da igual.
- ¿Te da igual tener una cita conmigo?
Naharwyn tardó unos segundos en responder.
- No.
- ¿Disculpa? – volvió a burlarse él.
Ella le fulminó con la mirada. Luego suspiró, cerró los ojos y lo soltó todo de golpe:
- Claro que quiero tener una cita contigo, ¡mierda! Pero no quería que fuera tan evidente y me daba vergüenza que pensaras que iba detrás de ti como una estúpida, porque conozco tus historias, y no quiero que juegues conmigo, pero creo que me gustas, así que vale, llévame en brazos y tendremos esa estúpida cita.
Cuando terminó de hablar, tuvo que tomar aire, pero le daba miedo abrir los ojos. Sin embargo, sabía que tarde o temprano se iba a tener que enfrentar a las consecuencias de lo que acababa de decir así que, muy despacio, como queriendo retrasarlo lo máximo posible, abrió los ojos y levantó la cabeza para mirar a Garin. La cara del chico era una mezcla entre sorpresa y ternura. Muy despacio él también, descruzó los brazos, contemplándola.
- ¿Disculpa? – preguntó de nuevo.
- ¡Joder, Garin! – se quejó Naharwyn.
- No, no, esta vez no lo digo de broma.
El chico se agachó frente a ella y quedó en cuclillas con el rostro a la altura del de ella.
- ¿Has dicho que te gusto?
Naharwyn sintió mucho calor en las mejillas y rezó para que no se le pusieran coloradas y que, si lo hacían, no se notara demasiado.
- ¿Lo he dicho? No sé, no lo recuerdo, he dicho muchas cosas.
- Lo has dicho – afirmó él.
- Bueno, ¿y qué? – espetó ella. - Tampoco es que el sentimiento fuera recíproco--
No pudo decir más porque sus labios se encontraron de golpe con los de Garin, que la besó tan de súbito que la chica se quedó congelada por unos segundos, sin saber qué hacer. ¡Garin Killian la estaba besando! Durante unos segundos, su cerebro fue presa de la sorpresa, y su corazón casi sufrió un ataque. Poco después, los latidos se le aceleraron, al tiempo que su cerebro le pedía a gritos que dejara de pensar, que solo se dejara llevar. De modo que cerró los ojos y así lo hizo. Los labios de Garin eran extrañamente suaves, y sabía a cerveza y tabaco.
Pero entonces, tan rápido como había empezado, terminó. Garin se separó de ella, y la chica abrió los ojos. Garin la miraba directamente a los ojos.
- Lo es – dijo solamente, respondiendo a lo que Naharwyn estaba diciendo antes de que el chico la cortara con su beso.
La peliazul suspiró y apartó la mirada.
- No hace falta que lo digas para hacerme sentir bien…
- No lo hago por eso – aseguró él.
La chica lo volvió a contemplar, interrogándole con la mirada.
- Solo sé que me gustas, ¿vale? Me gusta pasar tiempo contigo. ¡Y sí, no te mentiré, estás muy buena!, pero no es lo que crees. – Naharwyn arrugó la frente. - No estoy intentando llevarte a la cama para pasar de ti al día siguiente. Soy un caballero, ya te lo dije.
- Desde luego, te lo has currado mucho – reconoció Naharwyn. – Cubrirme con lo de las duchas, guardarme el secreto, animarme cuando estaba de bajón…
Garin asintió. Los dos se quedaron mirándose.
- ¿De verdad que no lo haces por compromiso? – preguntó Nahar, algo temerosa.
- De verdad – respondió él, y luego sonrió. – Has conseguido despertarme el interés, sirenita. Y eso es algo que no todas las mujeres logran hacer.
- ¿Mujeres? – repitió Naharwyn, levantando las cejas.
- Chicas – se corrigió Garin, con una sonrisa nerviosa.
Naharwyn sacudió la cabeza.
- ¿Ves? A eso me refiero. Tus expectativas son muy altas y yo…
- Eh – la interrumpió Garin suavemente, tomándola de la barbilla. – Olvida eso.
Naharwyn le miró, y sus ojos azules bucearon en los ojos azules de él y viceversa.
- Por ahora, tengamos nuestra cita. Ya veremos qué pasa después – propuso Garin.
Naharwyn asintió.
- Está bien.
El rubio sonrió, y Naharwyn apretó los labios, tratando de ocultar la sonrisa de felicidad que interiormente lucía su corazón. Entonces, el chico pasó su brazo derecho por debajo de sus rodillas y el izquierdo por detrás de su espalda. Naharwyn tomó las sandalias con una mano y con la otra se agarró al cuello de Garin.
- ¿Lista? – preguntó él.
- Disfruta de tu momento, venga – se rió ella, dándole luz verde.
El chico sonrió y, sin ningún esfuerzo, la levantó del suelo. Tal y como había imaginado, Naharwyn era muy liviana. Se preguntó si siquiera llegaría a pesar los 50 kilos. A paso lento, el muchacho avanzó por el sendero hacia la puerta de la casa, con su pareja en brazos, contento. Contento por haberse animado a pedirle a Naharwyn que fuera con él al baile y que ella hubiera aceptado. Contento porque se había divertido y había pasado una noche estupenda a su lado. Contento por saber que la chica estaba interesada en él. Contento por descubrir que él, también, estaba interesado en ella. Contento por haberla besado, y que ella le hubiera besado de vuelta. Pero, sobre todo, contento por saber que iba a volver a tener otra cita con ella.
Y Naharwyn pensaba igual.
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::Nono::

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